Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Genocidio armenio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Genocidio armenio. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de abril de 2015

¿QUIÉNES SON LOS ARMENIOS?

Un comentario del Profesor Jesús García Castrillo

 
 
 
¿Quienes son los españoles? Esta fue la pregunta que hizo el profesor de lengua española a sus alumnos el primer día de clase y del principio de su carrera en una universidad del oeste americano. Las respuestas fueron variadas: unos, que “los habitantes de un país de África”; otros, “de Asia”; los más perspicaces , que “de Europa”, y la más pintoresca, que eran los habitantes de un estado de México. Eso sí, todos sabían que se habla español en las repúblicas sudamericanas; por eso comenzaban a estudiarlo.

No nos escandalicemos: yo mismo he preguntado en España algo semejante sobre los armenios y unos me han contestado que una secta del Islam, otros, que una etnia gitana que vino de Hungría y Rumanía a España después de la guerra, y así se han sucedido los disparates. Es por lo que quiero aventurarme a responder a esta pregunta: ¿Quiénes son los armenios?

Desde la prehistoria hasta Jesucristo, Armenia se fue conformando como un pueblo compacto, que inventó la escritura y por lo tanto la historia, la historia más compleja de uno de los grupos humanos que, dadas las condiciones geográficas, desarrolló un talento prodigioso en una inmensa altiplanicie coronada en su centro por la vieja cumbre de sempiternas barbas blancas, el Ararat.
 
 
La diosa Anahit
 
 


No se sabe de otro pueblo de la antigüedad que antes que el pueblo armenio haya seleccionado semillas de cereales silvestres para convertir las tierras bravas en fértiles cultivos. Así, los armenios pasaron de las cuevas a las casas durante unos milenios y de la carga en la espalda a la carreta de toscas ruedas de piedra.  Y cuando ya era un pueblo pionero que había despuntado por su trabajo y desarrollo de la inteligencia, después de haber descubierto el fuego, cuando había superado el paso de “homo erectus" a “homo faber” fue el primer pueblo que domesticó animales para abastecer de proteínas las despensas, sin salir a cazarlos; y a medir los movimientos de los astros en el firmamento mediante rocas horadadas como las del yacimiento de Karahundg, al sur de Yerevan. Entre los frutos que seleccionó de los bosques y cultivó en los llanos fue el albaricoque, al que los latinos, varios siglos después, llamaron “prunus de Armenia”.
 
Observatorio astronómico de Karahaudg, al sur de Yerevan.

 

Es condición del salvaje humano codiciar lo que otro ha trabajado y atesorado. Es por lo que muy pronto comenzó el pueblo armenio a ser acosado por oleadas de gentes que quisieron arrebatarle tierras cultivadas, rebaños y esposas, las mujeres más bellas del orbe. Por esta razón tuvo que defenderse y para ello caer en la ignominia de fabricar armas mortales para los enemigos, y organizarse como una tribu gigantesca que creó mitos y leyendas sobre las gestas de sus más célebres caudillos y defensores que se impusieron como reyes sucesivos de múltiples dinastías.

Entretanto, adornó las celebraciones de las batallas con creaciones musicales y danzas rítmicas. sacándole sonido a las ramas de los árboles transformadas en rudimentarios instrumentos melódicos y ritmos profundos a la percusión sobre estirados pellejos. De ahí, fue sacando el vibrar de las cuerdas de tripa hasta perfeccionar instrumentos armónicos como el Canun.

Fue el armenio un pueblo que, en ocasiones de su historia, se vio obligado a esconderse en casas subterráneas hasta que fue más efectivo construyendo los edificios sofisticados con todo el abanico de la labra de la piedra, transformando los bloques de las canteras en toda la gama de cuerpos geométricos, vieja tradición desde sus monumentos megalíticos prehistóricos hasta la construcción de puentes, viviendas, fortalezas, templos, plazas, ciudades y monasterios.
Moneda de plata con la efigie del famosos rey Tigranes el Grande (140 - 55 A.C)
 ilustrando la Tiara Real Armenia.
 

 

Cuando nació Roma, el pueblo armenio ya había quemado todas las etapas de un pueblo maduro y experimentado.


Suena a blasfemia -no es mi intención-, pero Jesucristo fue el causante de la decadencia y del sufrimiento. Cuando envió a sus apóstoles a predicar el Evangelio a todas las gentes, Pedro se fue a Roma, que era como la Nueva York de entonces, Tomás, el incrédulo, el de la mano en la llaga, se fue a la India, Juan a Efeso con la Virgen María, y de los dos que nos quedan noticias, Bartolomé y Tadeo sabemos que tras duras jornadas de senderos y veredas llegaron a Armenia sin saber aquella lengua de treinta y seis fonemas y escritura cuneiforme todavía

 

 
Ilustración de un manuscrito religioso armenio (1391)
La Virgen y los apóstoles en Pentecostés.


Su poder de convicción y ejemplo de vida fue tal que convirtieron a todo un pueblo aguerrido y orgulloso de sus proezas bélicas, señor de las más inexpugnables fortificaciones, en un pueblo humilde y generoso, que perdonaría hasta las más crueles ofensas de los enemigos. ¿Fue milagroso que los hombrachones del Cáucaso aceptaran la doctrina de poner la otra mejilla? Milagroso o no, aceptaron consecuentes lo que aquellos apóstoles les habían enseñado sobre la resignación cristiana con el ejemplo de la Pasión y Muerte de Jesucristo para alcanzar la vida eterna.

Entretanto, proliferaron cenobios, eremitas y monasterios; en sus escritorios, la caligrafía del actual alfabeto armenio para llevar por escrito el Evangelio a todas las gentes, siguiendo el ejemplo de los dos primeros apóstoles, hasta el siglo VII en que la cimitarra entró devastadora haciendo huir a todo un pueblo en sucesivas oleadas. La más pérfida fue la persecución selyúcida, devastadora y asesina, que hizo desparramarse a casi todo el pueblo armenio hasta ocupar las costas del norte de África llegando a Canarias, siguiendo las rutas de otros antepasados que, por motivos bélicos y comerciales, habían hollado los caminos africanos. 

En el norte de África dejó el pueblo armenio su sello en usos y costumbres que, a pesar de irse islamizando a lo largo de los siguientes siglos, dado el aislamiento en el que quedaron reducidos en pequeños grupos humanos, ha llegado en reliquias ocultas hasta nuestros días.

De ese primer holocausto armenio nadie habla porque no se conservan escritos que lo narren ni vídeos que filmaran las atrocidades sufridas por los armenios.

No quisiera cansar con referencias bibliográfico-eruditas, pero tampoco me resisto a citar un libro de la biblioteca nacional de París: “Recueil des historiens des croisades” (Documents arméniens) donde nos dice el historiador francés del siglo XIX que en la tierra de Kilikia, perteneciente un día a Armenia, todo quedó arrasado en la Edad Media y sus escritos se perdieron en este país “tantas veces destruido” por el hierro y el fuego. En mala hora se le ocurrió al ancestral pueblo armenio ser el descubridor de la fundición de rocas ferruginosas para tranformarlas no solo en rejas de arados sino en lanzas, puñales y espadas. La gran colección de escritos del Matenadaran de Yerevan son sólo un mínimo exponente de la ingente documentación perdida de la historia de Armenia.

De otras persecuciones y holocaustos contra el pueblo armenio no conservamos más que testimonios indirectos de los que se puede deducir que oleadas de armenios vinieron por las costas del norte del Mediterráneo y por los caminos de los peregrinos y cruzados hasta Europa a construir las 2000 edificaciones de piedra, iglesias, catedrales, castillos y monasterios en la expansión y auge medieval de la Iglesia de Roma. En Europa y sobre todo en lo que hoy es el sur de Francia y norte de España no había canteros especialistas ni cortadores de troncos ni carpinteros para tan ingente proeza arquitectónica. Es más, si es cierto que fueron los monjes templarios los primeros navegantes de la Europa medieval que llegaron al Caribe, ¿no cabe seguir investigando, que fueran sus íntimos colaboradores, los armenios, quienes dieron nombre a los más de 40 topónimos de Colombia, como Armenia, Cauca, Caucasia, Antioquia…etc. que ningún historiador ha sido capaz de explicar hasta el momento?


De lo que no cabe duda histórica es de que en la Edad Media, las distintas dinastías de reyes y nobles se cruzaban en matrimonios de conveniencias políticas tanto en Europa como en Asia y más en concreto entre nobles y reyes de Francia y Armenia.

De lo que tampoco cabe duda es de que el Islam Otomano cortó toda comunicación con un telón de acero infranqueable y los cristianos armenios quedaron aislados y abandonados a su suerte en lo que hoy es la actual Armenia.

¡Cuántos favores se deberían mutuamente, castellanos y armenios, para que en momentos trágicos del último rey de Armenia Levon VI fuera rescatado de las mazmorras del Islam con soldados, oro y otros obsequios al Sultán para traerlo al Palacio de los Papas de Avignon primero, y posteriormente regalarle tierras y vasallos de Madrid, Ciudad Real y Andújar, habiendo tenido en España, durante un tiempo, un rey armenio con plenos poderes monárquicos. 

No quiero que pase desapercibido que hay restos lingüísticos de la lengua armenia en castellano, pero donde abundan es en la actual lengua vasca, y según yo creo, la lengua de los armenios conformó el posterior corpus lingüístico del euskara que a partir de la Edad Media se desgajó en dialectos y subdialectos. ¿Cómo no se van a encontrar semejanzas lingüísticas entre las hablas de los bereberes africanos y la lengua vasca si en las dos hay poderosos posos lingüísticos armenios?

Con estas escasas pinceladas he tratado de retratar al gran pueblo armenio, que ha sabido llevar el perdón en la frente al mismo tiempo que el orgullo, la tenacidad, la laboriosidad y la inteligencia.

Ha sabido permanecer enhiesto contra todas las inclemencias históricas, aunque la mayor parte de los testimonios escritos y artísticos todavía se encuentren entre los escombros ocultos y sin estudiarlos suficientemente, a pesar de lo cual, el tesón, constancia y orgullo del pueblo armenio ha estado latente hasta en las más adversas calamidades sufridas, y oprobios de los que ha sido objeto. 

El gran pueblo armenio ha contribuido, sin duda, en silencio, a la prosperidad de los pueblos con los que se ha mimetizado a lo largo de la historia; pero sobre todo, después del último holocausto, los tres millones que habitan Armenia, han sabido conservarse incólumes sólo en los 29.000 kilómetros cuadrados de la actual Armenia porque el resto, algo más de siete millones de personas se enseñorea por todo el mundo y destaca en las más variadas artes y ciencias.


Dicen los sociólogos que, de no haber aceptado, con rigor cristiano, las bofetadas de los enemigos, serían hoy más de cincuenta millones los habitantes de la gran Armenia desde el Mar Negro hasta el Caspio lindando por el sur con el Mediterráneo. Pero es mejor olvidar esos preteribles para seguir siendo un pueblo de hombres fuertes y mujeres bellas y, valga el tópico histórico, para seguir contribuyendo a la hermandad y prosperidad de todos los pueblos.

Jesús García Castrillo, 4 de marzo de 2014
Todos los derechos reservados.
 
 
 
JESUS GARCÍA CASTRILLO, Astorga (1947)
 
Es licenciado en Filología Hispánica y Románica por la Universidad de Salamanca y ha ejercido su actividad docente como Catedrático de Lengua y Literatura.  Recientemente publicó  la novela  EL ENIGMA DE BAPHOMET en la que Armenia juega un rol importante.

lunes, 30 de marzo de 2015

LUCIN, la UNICA SOBREVIVIENTE del Genocidio Armenio en Argentina

 
 
 
“No sé por qué lo hacían”
Entrevista a la única sobreviviente en Argentina Tiene 105 años. Fue testigo de la masacre de su pueblo, perdió a sus padres y escapó a la Argentina. 

 

Una nota de Daniel Vittar para CLARIN, Buenos Aires, 28 de marzo de 2015


 
Lucin tiene el pelo blanco y la piel marcada por los años. Su rostro conserva una belleza ajada y una expresión rebelde de hidalguía, pero suele perderse en imágenes maltrechas. Lucin tiene 105 largos años, y enarbola la osadía de haber sobrevivido al siniestro Genocidio Armenio.

 
Allí perdió temprano a su madre, y después a su padre. Los hermanos se dispersaron en un mundo de revoluciones y países nacientes. Lucin creció con el ritmo estremecedor del Siglo XX. Los psicólogos denominan resiliencia a la capacidad que tienen algunas personas para adaptarse y superar la adversidad y el dolor. Lucin lo llama suerte. “Tuve suerte”, dice con voz de consuelo, “encontré gente buena que me ayudó”.
 
Es la única sobreviviente en la Argentina, y una de las pocas en el mundo, de esa ignominiosa masacre turca de 1915. Cuando el Imperio otomano dio la orden de deportar a todos los armenios, Lucin tenía 6 años y vivía en una enorme casa en Aintab. “En esa época mi papá Abraham estaba en una muy buena situación, exportaba pistacho y era joyero, muy buen joyero. Yo tenía cinco hermanos; yo era la menor. En esa época vivíamos muy bien”, cuenta, buscando en el laberinto sensible de la memoria.

 
Pero todo cambió cuando a principios del siglo pasado el movimiento nacionalista musulmán de los “Jóvenes Turcos” tomó el poder. Reclamaban una sociedad culturalmente homogénea, que implicaba eliminar a otras etnias como armenios y griegos, y a religiones diferentes, como la cristiana. “No se por qué lo hacían, tal vez nos tenían envidia”, dice con una inocencia que despierta ternura.
El fatídico 24 de abril de 1915 comenzó el genocidio. Ese día las tropas turcas detuvieron a 235 intelectuales de la comunidad de armenios en Estambul. Le siguió una ola de asesinatos, violaciones, decapitaciones y desolación. Los soldados arrasaron una por una las aldeas armenias. En deportaciones masivas las tropas llevaron a los armenios por desiertos que devoraban a los más débiles. Las cifras, aunque nunca reflejan el dolor y el padecimiento de las víctimas, dan una dimensión: se cree que murieron 1.500.000 armenios.

 
Lucin recuerda el comienzo de la tragedia. “Las iglesias dejaron de hacer sonar las campanas y empezaron las maldades. Mi papá sacó en primer lugar a los hijos grandes. Los mandó en tren a Aleppo, Siria. Pero nosotros quedamos hasta último momento”.

 
El relato sigue. “Mi papá se enfermó y nosotros no sabíamos qué hacer. Entonces algunos amigos turcos nos trajeron un carro grande y pusieron un colchón para que mi papá pudiera viajar y escapar. Cuando salimos, los militares nos pararon y nos bajaron a todos. Nos pedían oro. Mi madre había escondido algunos lingotes chicos en almohadas. Revisando, los soldados se dieron cuenta. Nos querían robar todo. Mi madre se puso a llorar y decía cómo vamos a vivir sin esos ahorros. Entonces arreglamos que nos dejaran algo. Llevábamos comida para el viaje, pero también nos quitaron. Nos quedamos sin comida, pero pudimos llegar a Aleppo. Pero mi madre no se salvó. Estaba embarazada y empezó a tener pérdidas, murió en el camino”.

 
La familia de Lucin volvió cuando terminó la I Guerra Mundial, creyendo que dejarían tranquilos a los armenios. “Cuando volvimos todo había sido destruido en el pueblo. Mi casa estaba destrozada”. La pesadilla comenzó otra vez. La represión turca seguía intacta. Ahí se inició un nuevo exilio, en un tren hacia el desierto y la muerte.
 
“El tren paró en un lugar inhóspito, oscuro. Entonces mi papa le dio algo de oro a un guardia para que nos dejara ir. Pero era un lugar desolado. Comenzamos a caminar hacia la única luz que se veía. Cuando llagamos era un galpón enorme que estaba lleno de armenios. Todos apretados. Después de estar unos días en ese galpón mi padre dijo, aquí no nos podemos quedar. Y decidió ir hacia Damasco. En el camino encontramos gente que también huía. Me acuerdo de una mujer que estaba llorando porque le habían matado a los hijos y al marido. Entonces mi papá le dijo si quería ocuparse de mí, cuidarme a mí, que era la más chiquita. Y la mujer me cuidó durante todo el viaje hacia Damasco”.
 
 
Abraham murió en Damasco, y los hijos partieron hacia Argentina, buscando su América. Lucin quedó con su hermana mayor. Allí estudió y aprendió francés, la lengua de la colonia. Cuando tuvo 16 años quiso reencontrarse con sus hermanos. Aprovechó que una familia conocida se tomaba un barco hacia Sudamérica y los siguió. Pero en una escala en Francia la cosa se complicó. Las autoridades la obligaron a quedarse en el puerto porque tenía una lastimadura en un ojo y temían que fuera una infección: “No me dejaron subir al barco. Ahí me quedé un mes con una mujer joven que me ayudó. Después vinimos juntas en el barco, en tercera clase. ¡Qué viaje!”.
 
Llegó en 1925, cuando la inmigración conquistaba el país. “Argentina, ay que lindo! Para mí, como Argentina no hay ningún lugar”, dice, con voz de agradecimiento. Aquí se estableció y formó familia. Tiene dos hijos, 5 nietos y 8 bisnietos. Lucin consiguió la paz que buscaba, pero nunca se desprendió del dolor que le dejó el genocidio. “¿Rencor?, no”, responde ante la pregunta obvia, “Qué vamos a hacer. A todos los armenios nos hicieron lo mismo. Quemaron pueblos enteros. No se porqué. Yo creo que nos envidiaban”, repite.
 
 
Lucin acomoda su falda, mientras pierde la mirada en un cielo azul de recuerdos. “Cuando hablamos de estas cosas, no puedo dormir, no duermo. Casi no conocí a mi mamá, y mi papá murió cuando yo era chica. Perdimos todo. Tuve una juventud muy triste. Qué se le va a hacer. Es la vida”, dice, con un gusto amargo en las entrañas. -


 
 
 

miércoles, 28 de agosto de 2013

EL OTRO GENOCIDIO: el armenio.

 

Por  Julieta Roffo

Entre 1915 y 1923, a través de marchas forzadas, asesinatos, hambre y sed, el Imperio Otomano persiguió a la población armenia. Se estiman entre un millón y medio y dos millones de muertos.
     
   

          


26/08/13 - 12:58
El Holocausto que asedió mayormente a la población judía durante los años de nazismo es uno de los más grandes crímenes de la Humanidad, por su brutalidad y por su número inmenso de víctimas. Sin embargo, no se trató del único del siglo XX: unos años antes, entre 1915 y 1923, se produjo el genocidio armenio, considerado por muchos historiadores como el “primer genocidio sistemático moderno”, aunque al día de hoy el gobierno turco no lo reconozca como tal.

Esta matanza, cuyo número total de víctimas está estimado entre un millón y medio y dos millones de civiles armenios, comenzó el 24 de abril de 1915 cuando el gobierno del entonces Imperio Otomano, en mano de los Jóvenes Turcos, decidió apresar a 35 intelectuales armenios entre los que había escritores, médicos, sacerdotes y poetas, entre otros líderes de esa comunidad en lo que hoy es Estambul.

Algunos días después a ese 24 de abril, día en que hoy es mundialmente recordado el genocidio armenio, los detenidos ya eran 600 y muchos de ellos fueron asesinados. A principios de junio, el gobierno otomano ordenó deportar a toda la población armenia sin permitirles cargar con medios que les ayudaran a sobrevivir. No fueron el único grupo étnico perseguido, como ocurriría luego durante el nazismo: los asirios y los serbios, entre otros, también fueron asediados, aunque eran minoría.

La “coartada” de los Jóvenes Turcos al mando del Imperio Otomano era que los armenios estaban encabezando algunos movimientos rebeldes de corte nacionalista: con ese argumento, los obligaron a participar de marchas forzadas que duraban cientos de kilómetros, en las cuales los gendarmes, además, les robaban y los violaban, e imperaba el hambre y la sed que muchas veces conducían a la muerte. Según los historiadores que reconocen el genocidio, se calcula la existencia de unos 26 campos de concentración, algunos únicamente fosas comunes, otros lugares en los que las epidemias y la inanición terminaban con la vida de las víctimas. Esos campos se ubicaban especialmente cerca de las fronteras con Siria e Irak.

Esta grave matanza, a pesar de su masividad, es aún discutida en el mundo: sólo 22 Estados la reconocen como un genocidio, entre los cuales se cuenta la Argentina. Sin embargo, el 15 de diciembre de 1915, el New York Times titulaba “Un millón de armenios asesinados o en el exilio”, lo que da cuenta de la brutalidad desplegada por el Imperio Otomano. La actual República de Turquía no ha negado la masacre de civiles, pero aún así, no admite que se haya tratado de un genocidio: para este Estado no hubo un plan de exterminio masivo y sistemático, sino que se trató de “luchas inter-étnicas”. Las diferentes lecturas sobre este mismo hecho, entre otros conflictos, implicaron el cierre de la frontera entre Turquía y Armenia en 1994, aún vigente.

Un ejemplo de la negación por parte del estado turco del genocidio armenio son las duras críticas que el escritor Orhan Pamuk, nacido en Estambul en 1952 y ganador del Premio Nobel de Literatura en 2006, ha recibido en su país al referirse a la masiva matanza. No fue el único: también el escritor Kurt Vonnegut mencionó el tema en su novela “Barbazul”, de 1988, cuyo protagonista es un sobreviviente de ese genocidio. Y el cantante franco-armenio Charles Aznavour escribió en 1975 la canción “Ils sont tombés” (“Ellos cayeron”) inspirado en las víctimas.

En 1985, el Diario Armenia, una publicación de la comunidad de esa nación en la Argentina, incluyó en su edición el testimonio de Krikor Vartian, un sobreviviente de aquellos años nacido en 1903: “Cuando quedé solo en casa, una mañana, llegan soldados turcos a la ciudad, matando a todo armenio que encontraran en su camino. Sentí los gritos de la gente y me escondí en un subsuelo a 50 centímetros que tenía el piso de madera de la habitación. De pronto sentí cuando entraron y comenzaron a clavar sus lanzas en los pisos porque sabían que estos servían de escondite. Me puse contra un rincón y me salvé”, reconstruyó Vartian, y agregó: “Estos episodios similares a una película viven permanentemente delante de mis ojos cada vez que duermo. Siempre sueño con estas atrocidades y me despierto creyendo que estoy allí. Recuerdo que un día antes llovía y al día siguiente comenzaron a morir miles de personas. Ya no éramos tratados como gente, parecíamos animales…”.

La violencia deshumanizadora estaba a la orden del día, y se cobró miles de vidas, aunque casi cien años después todavía se discuta el nombre de aquella matanza.



Fuente:  Mundos Íntimos, Clarín (Buenos Aires, Argentina)
 

martes, 23 de abril de 2013

24 de abril de 1915


Una anciana en profundo desconsuelo sentada en las escalinatas del Monumento
 a la Memoria del Genocidio, en Erevan, capital de Armenia.



Fuente de la foto: Organización Heifer (2012)

jueves, 7 de febrero de 2013

EL ATROZ RECUERDO


 

 

Publicado hace 90 años, “Un proceso histórico” reconstruye el plan macabro detrás del genocidio armenio.


POR Cristian Sirouyan



Con las primeras matanzas organizadas por el Imperio Otomano en Turquía oriental, el siglo XX terminaría para el pueblo armenio en un calvario que nadie quiso atender. El saldo de esa prueba piloto de exterminio –crimen que en 1944 el jurista polaco de origen judío Raphael Lemkin iba a definir como “genocidio”– fue de 300 mil muertos, miles de forzadas conversiones del cristianismo al Islam y un desesperado éxodo de emigrantes sin rumbo.
Ese plan atroz marcaría una tendencia, profundizada a partir de 1908 con la llegada al poder del Comité Unión y Progreso de los Jóvenes Turcos, hasta alcanzar su pico máximo en 1915. Para poner en práctica su desbocada escalada destructiva de una cultura milenaria, los gobernantes turcos contaban con la inestimable indiferencia de las potencias europeas, por esos días ocupadas en los menesteres de la Primera Guerra Mundial.
El descuido de unos y el plan criminal de otros resultaron el caldo de cultivo para que se consumara la tragedia, que alcanzó la cifra de un millón y medio de armenios masacrados. Esta vez era la nueva centuria que daba sus primeros pasos de la peor manera y golpeaba –como tantas veces volvería a ocurrir en el siglo XX– a la humanidad toda.
La página más dolorosa que registra la historia del pueblo armenio en sus 5 mil años de recorrido es reflejada en el libro Un proceso histórico. Absolución al ejecutor del genocida turco Talaat Pashá, en una flamante reedición de Ediar, enriquecida por un estudio preliminar del juez de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni, el prefacio a cargo del Consejo Nacional Armenio de Sudamérica, prólogos de Osvaldo Bayer y Leopoldo Schiffrin –juez de la Cámara de Apelaciones de La Plata– y comentarios finales de Carlos Rozansky y Daniel Rafecas, otros prestigiosos juristas del país.
La obra original, publicada hace 90 años por la Congregación Mekhitarista de Viena, transcribe interrogatorios, testimonios, acusación, alegatos y sentencia del juicio oral del 2 y el 3 de junio de 1921 en Berlín contra Soghomón Tehlirian, acusado por el asesinato del ministro del Interior turco en tiempos del genocidio, Talaat Pashá, ocurrido en marzo de ese año. El jerarca y su colega Enver Pashá –ex ministro de Guerra– habían encontrado refugio en Alemania, después de haberse fugado de su país, una vez que un tribunal de Constantinopla (actual Estambul) los encontrara culpables y dictaminara “pena de muerte” en 1919.
Después de que apenas la cuarta parte de sus compatriotas lograra ponerse a salvo, el verdugo de Talaat –un joven de 24 años nacido en Erzingá, parte de los territorios de Turquía reclamados por los armenios– no soportó la impunidad y se propuso perseguir al tirano, sin otro ánimo que paliar con violencia su propio dolor, que lo flagelaba. Tehlirian arrastraba las imágenes de su familia masacrada. Recordaba en detalle –algo que debió relatar una y otra vez en el banquillo de Berlín– cómo le partían la cabeza a su hermano y de qué manera tuvo que soportar ver el cuerpo exánime de su madre arrojado sin el menor atisbo de piedad. El proceso a la víctima armenia transformada en victimario da pie a un inevitable debate ético y sugiere el patrón común que vincula la planificación, la concreción y las nefastas consecuencias del genocidio sufrido por el pueblo armenio –jamás reconocido por el Estado turco– con el holocausto nazi y el plan sistemático de exterminio diseñado y puesto en práctica en la Argentina por la dictadura militar. Revela, además, la interminable puja que la Justicia lidia con la impunidad.


Fuente: Revista Ñ (Diario Clarín, Buenos Aires) - 6 de febrero de 2013


domingo, 30 de septiembre de 2012

LOS ARMENIOS "OCULTOS" DE TURQUÍA

Fethiyeh Cetin (a la derecha) durante la presentación patrocinada por la Fundación Civilitas.
 Acompaña a la disertante, la actriz Arsineh Khanjian

Nota de Gayaneh Mkrtchyan
Cronista de ArmeniaNow
28.9.2012
Traducción libre del inglés: Violeta Balián

Fethiye Cetin es una mujer turca, abogada, escritora y defensora de derechos humanos.  Es también la autora de “Mi abuela” una  memoria personal en la que afirma que cuando Hranush, su abuela armenia de 70 años le habló de sus  raíces tuvo la impresión de que la mujer se aliviaba de la gran carga que había llevado sobre sus débiles hombros por  muchísimos años.  Y que cuando hacia el final de su vida le confió todo lo que había guardado en las profundidades oscuras de su memoria,  la abuela, en efecto,  “vaciaba su alma” porque hablar de ello le suavizaba el dolor.  Fue ese legado  que inspiró el primer libro de su nieta.
 “Nuestra gente suele decir que para librarse de un peso hay que hablar de él.  Mi  abuela se fue sacando ese peso de encima cuando encontró otras mujeres con historias similares a la de ella con las que cerraba la puerta y hablaba por horas.  En aquellos tiempos yo no me daba cuenta de lo terrible y difícil que era esa experiencia, esa historia.  Aun así me siento afortunada por haberme enterado de la verdad”, dijo Cetin la semana pasada cuando asistió  a la reunión que organizó la Fundación Civilitas, a cargo de “Up de Hill” (Subiendo la montaña) un proyecto armenio-turco.

La abuela de Cetin tuvo muchos nietos.  Sin embargo, le confió su historia únicamente a Fethiye y por una simple razón:  “Yo tenía 24 años, era socialista, con  posturas antigobierno y manifestaba mis objeciones abiertamente.  Ella confiaba en mí", dice Cetin.  Y cuando años más tarde, los sobrinos de su abuela la invitaron a visitar los Estados Unidos, Cetin tuvo la oportunidad de poner un ramo de flores en la tumba de los abuelos de ellos diciendo: “Les pido perdón en nombre de todos aquellos que les infligieron tanto dolor, y dividieron nuestra familia.”
Fethiyeh Cetin se considera culpable aunque haya sido una prisionera política y abogada de Hrant Dink.  “No fui una participante directa de las masacres de 1915 pero continué la política de la negación, y me mantuve callada aun después de haber descubierto mucho más.  Entonces escribí este libro.  Cuando lo escribía, lloraba todo el tiempo: escribir y llorar, un proceso  terapéutico.  Escribir me hacía sentir mejor.  De pronto, todo eso que escribí, lo puse a un lado y no pude leerlo por mucho tiempo.  Como un maratonista que ha terminado de correr y está tan cansado que ni siquiera puede ver,”recuerda Cetin.   Hasta que un día escuchó a uno de los políticos turcos referirse a la política de la negación y sin perder un minuto más le envió su libro a un editor.    “Mi abuela” se convirtió en la razón y la oportunidad para que muchos ciudadanos turcos se animaran a revelar que su abuela o abuelo habían sido armenios;  les ayudó a redescubrir su identidad armenia.

Hranush Gadaryan, la abuela de Cetin, nació en Harpap pero se la conocía como a una turca musulmana.  Nadie sabía que ella había sido testigo y sobrevivido las atrocidades del genocidio armenio.  Antes de morir le confesó a su nieta que había nacido armenia y cristiana.  Los soldados turcos que la arrebataron de sus padres (a quienes mataron) la entregaron a un oficial del ejército que se la llevó a su casa y la crió como una musulmana, y le dio un nombre turco, Seher. 

Por el otro lado, los padres de Fethiyeh Cetin murieron prematuramente y ella fue criada por sus abuelos.

Niñas armenias en Turquía (1915)
 
“Eramos una familia musulmana" cuenta Cetin.  "Vivíamos en una de las aldeas de Diyarbakir. Jamás leí la historia de mi abuela ni sus páginas vergonzosas en un libro de texto de la escuela.  Ingresé a la facultad de derecho consciente de que negar las masacres era un pecado grave, con el que insultábamos aun más a los que sufrieron.  Y reconocí que la verdad que buscaba, estaba a la mano, en la historia que me había contado mi abuela y que debía luchar por los derechos de los armenios y otras minorías étnicas de Turquía,"  expresó, agregando que no tiene miedo de hablar en defensa de los armenios en su país, mucho menos abiertamente.

 “Con tener miedo no se resuelve nada. Si tu causa es justa y luchas por la justicia, te atendrás a las consecuencias. ¿Qué es lo peor que me puede suceder?  Que me quiten la vida.  Pero, si peleas por la justicia y tienes un objetivo, tu cuerpo no es tan importante y no habrá ninguna  diferencia en morir ahora o diez años más tarde.  Como vivo con este peso encima  considero que lo correcto es pelear”, afirma Cetin.
Poco después de publicar su libro, Cetin recibió una llamada de la aldea de Harpap.  Un joven abogado la invitaba a visitar el lugar.  Las únicas reliquias que quedaban de los armenios que una vez poblaron el lugar eran unos manantiales secos que demostraban sus peculiares soluciones arquitectónicas.  Cabe destacar lo siguiente.  Hoy en día los manantiales de Harpap se han restaurado gracias a la iniciativa de la Fundación Hrant Dink.  Y hay más, el Ministro de Cultura turco ayudó a financiar las reparaciones.

 “Por los manantiales de Harpap una vez más fluyen las aguas alegremente.   Lo hicimos  por la paz de todos aquellos que fueron masacrados  o desplazados de sus hogares.  Encontré  la casa de mi abuela y planté árboles en el patio.  Con cada golpe de pala sentía como si la tierra gimiera de dolor.  A los árboles les pusimos nombres: Hranush,  Khoren, Iskuhi, Hovhannes, Armine, Lusine, Zeinab.  Conversamos con los aldeanos y ellos abrieron sus corazones; se animaron a  hablar de la historia y enfrentarla con el dolor que conlleva.  Todos compartimos ese dolor,” recuerda Cetin.  No sólo revivieron los manantiales sino que la gente se animó a hablar de sus abuelos, de aquellos que habían nacido armenios. "  Poco a poco, cree Cetin, el pueblo turco aceptará los trágicos eventos del pasado.  Esto no sucederá de inmediato, y al comienzo no será nada fácil, porque se han negado los hechos por casi un siglo.  Sin embargo, ella espera que ahora que se ha abierto el camino, se facilite el proceso.
"Estoy convencida de que todo esto tendrá consecuencias políticas.  Aunque todavía no podamos cambiar la política de estado.  Valoro mucho cualquier cambio que surja de la sociedad.  El gobierno podrá disculparse, pero no tendrá significado alguna mientras el ciudadano del país comparta ese dolor.  Sólo tendrá sentido cuando la gente se disculpe voluntariamente;” afirma ella.
 
 

lunes, 21 de mayo de 2012

Suzanne Khardalian y "Los tatuajes de la Abuela"




Suzanne Khardalian, cineasta



Mujeres armenias tatuadas, las marcas de un dolor oculto

Diario Clarín, Buenos Aires, 20 de mayo de 2012



"Los Tatuajes de la Abuela" describe los destinos
de mujeres armenias tatuadas que sobrevivieron
el Genocidio Armenio a principios del siglo XX.

domingo, 15 de enero de 2012

AUTORES

Taner Akçam

Taner Akcam es sociólogo e historiador turco en exilio, especialista en archivos otomanos. Su biografía es el testimonio de los riesgos que aún hoy corren los historiadores en Turquía: fue condenado a 10 años de prisión en su país natal a causa de su militancia de izquierda y su posición contraria a las "tesis oficiales" de la ideología nacional, que se niegan a reconocer el genocidio perpetrado contra los armenios. Una amenaza similar a la efectuada contra el escritor Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura 2006.

En 1996 recibió su doctorado en la Universidad de Hannover con una tesis titulada "El Movimiento nacional turco y el Genocidio Armenio en el contexto de los Tribunales Militares en Estambul entre 1919 y 1922". Desde el año 2002 ha sido Profesor de Historia en la Universidad de Minnesota, Estados Unidos y, actualmente, es Profesor de Historia de la Universidad de Clark Worcester, Massachusetts, donde ocupa el cargo de Presidente de la Oficina de Estudios sobre Genocidio Armenio "Aram Robert y Marianne Kaloosdian y Stephen Marion Mugar".

Ha escrito once libros y publicado numerosos artículos sobre diversos aspectos del genocidio armenio. Traducido a ocho idiomas, dio conferencias sobre el tema en numerosos países y recibió varios premios y reconocimientos por sus investigaciones y por su defensa pública de los derechos humanos, la verdad histórica, y la libertad de expresión.

El profesor Akcam está en la vanguardia de los investigadores del genocidio armenio en la actualidad. Es también un firme defensor en pos de generar nuevas investigaciones en relación al genocidio de los griegos y asirios, ya que las devastadoras políticas de los Jóvenes Turcos afectaron a todas las minorías no musulmanas del Imperio Otomano.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

VALERIE BOYER ataca la interferencia de Turquía en los asuntos domésticos de Francia

Valerie Boyer
Parlamentaria francesa
El proyecto de ley que penaliza la negación del Genocidio Armenio se inició para beneficiar  a 600,000 armenios en Francia, quienes, al igual que las víctimas del Holocausto reclaman sus derechos a ser protegidos,  según el autor de esta legislación.
La parlamentaria francesa, Valerie Boyer, comentó  en Facebook que  la respuesta por parte de Turquía a la adopción de esta ley sugiere un falta de respeto por la soberanía de Francia como  también una interferencia en los asuntos domésticos de su país.

“Francia, como paladín de los derechos humanos, condena los métodos arcaicos que no honran a la oficialidad de Ankara” dijo Boyer.  Y le recordó al gobierno turco que ellos mismos habían adoptado una ley criminalizando el reconocimiento del Genocidio.
Como consecuencia, la señora  Boyer ha sufrido amenazas y su sitio web interferido por hackers turcos.

El 22 de diciembre de 2011, la Asamblea  Nacional Francesa aprobó la ley que criminaliza la negación pública del genocidio Armenio.   Si ésta pasa y la hace ley el  Senado, dicha ley impondrá una multa de 45,000 euros y un año en prisión a cualquiera, en Francia que niegue que este crimen contra la humanidad fuera cometido por el Imperio Otomano.   Como represalia y después de la votación, Ankara  retiró a su embajador de Francia. 

Traducción: Violeta Balián 
Fuente:  http://www.panarmenian.net/eng/news/87793/