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viernes, 2 de marzo de 2018

UN TELEGRAMA PARA FÁTIMA, un relato de Diana Hambardzumyan

Diana Hambardzumyan
Armenia (1961 -)



Diana Hambardzumyan

Escritora, traductora, Doctora en Filología, Docente,

Nacida en 1961,  Diana Hambazumyan es una escritora y traductora armenia oriunda de Qajaran, Syunik – una ciudad pequeña al sur de Armenia.  Si bien nació en Tiflis, Georgia --la ciudad de su madre-- Qajaran es la ciudad de su infancia y años de escuela secundaria.  En 1978, cuando su familia se trasladó a la ciudad capital de Erevan, ingresó al Instituto Estatal Brusov de Lenguas Extranjeras de donde se recibió con diploma de honor en  1983.  Desde 1984 hasta la actualidad es docente  en la Universidad Estatal Brusov de Erevan,  Departamento de Comunicaciones y Traducción, donde dicta cursos de inglés y traducciones literarias.  Y a partir de 2009, se desempeña como Profesora de Linguística.  

Diana es una autora prolífica.  Ha escrito más de 20 libros, entre ellos novelas, nouvelles, cuentos cortos, obras de teatro, ensayos, monografías, textos universitarios además de traducir del inglés al armenio y del armenio al inglés.  Es particularmente conocida por sus novelas cortas y cuentos que tienen lugar en el pueblo imaginario de Voghier (el de los vivos)  que ha modelado en Qajaran.   Sus novelas,  Un país habitado por Dios (2010), Un llamado a la puerta (2014) y El Infortunio de los Feacios (2017) se concentran en los problemas de identidad tanto individuales como nacionales que van surgiendo de la realidad de la Armenia contemporánea.  Destaca asimismo los paralelos entre armenios y europeos como también las vidas de los armenios alrededor del mundo.  La obra de Diana Hambarzymayn se ha traducido a decenas de idiomas. 

CRÓNICAS ARMENIAS tiene el gusto de presentar hoy Un Telegrama para Fátima (2009), un relato de Diana Hanmbarzumyan  que se tradujo al alemán con el título “Telegramm an Fatima” y fue publicado en 2014  por Hay Media Verlag, en Frankfurt am Main.



UN TELEGRAMA PARA FÁTIMA

    
Una “beruja”[1] está hablando en la TV y tiene un ceceo.   Miro de soslayo,  la veo y se me hace que está recitando un poema en el canal ALMTV.[2] ¡Caramba! ¡Qué mala suerte!  Porque es precisamente “beruja” --- esa palabra extranjera que mi abuela trasladó a mi exquisito vocabulario armenio --- la que me trae memorias de la Fátima-badji [3] de mi infancia.  Entonces me muerdo la lengua para no gritarle al viejo enemigo, a quienes nos metieron en una guerra y ahora, descarados, alardean y proclaman:

 “¡Con nuestro petróleo, que está en la cima de Karabagh, compraremos toda tu Armenia!”

Por eso mismo, ¿por qué te importan sus palabras?
Tenemos suficiente con las nuestras.  Ningún idioma en el mundo tiene el esplendor del nuestro.  ¿Por qué usas las palabras de esos extranjeros?  Tú, como siempre, metiéndote en líos.  Mira que yo tengo mis propios problemas, sin embargo, me irritas con tus trampas lingüísticas.  Háblame con sensatez, alivia mi alma.  ¡Qué mala suerte!  Y tú, buscando problemas.  Si tuvieras una pizca de dignidad patriótica, ya mismo corregirías lo que acabas de escribir, no sea que su malvada imaginería eche a perder los escritos sagrados de Mashtots.  Hasta das la impresión de haber perdido la razón. De hecho, estás jugando con fuego.  ¿Por qué diablos te acordaste de Fátima-badji, esa maldita azerí?  ¿Por qué, por qué la recordaste?  Y ella, ¿merece ser recordada?  ¿Qué estúpido designio te hizo mencionarla y perpetuar su memoria?  ¿Habrá sido por 1915, por la masacre de Sumgait, o por las bromas y trampas de esos chicos azeríes que te llevó a honrar la memoria de Fátima con tan sólo mencionarla?  Ellos, en tu lugar, jamás lo hubieran hecho, ¿no crees?

Está bien.  Yo sé que Fátima-badji no era más que una vieja.   Que los pliegues multicolores de su falda caían a los cuatro costados del banquito de madera y le escondían los pies desnudos, cubiertos de costras y tierra.   Siempre me recordaron a esos lápices de colores con los que hice un boceto de su fea imagen, en papel blanco, con la intención de plasmar sus verdaderos colores y cumplir con las exigencias de la pintura realista que imponía mi maestra de arte.

Ahora entiendo y todo encaja.  Veo también que tienes algo de conocimiento de la lengua armenia. Aun así no consigo entender hacia dónde vas con tu juego de palabras.  Si tienes algo que decir, vamos, ¡dilo de una vez!  ¿Por qué te es tan difícil?  ¿Por qué te golpeas el pecho?  Ya estoy harta de la pureza de tu lenguaje que, al fin y al cabo no es más que otro insecto arruinando nuestra lengua maravillosa.  Y nos irrita.  A ver, dime que después de leer al poeta Hovhannes Tumanyan[4] y ensalzarlo, te das tono y declaras por todos lados: ¿Llegaron los rumores a Divan Bashi? [5] ¿Se te ocurrió alguna vez investigar el lenguaje de ese gran armenio?   Es posible que en aquellos tiempos, algún “demonio inmortal” trató de empujarlo hacia un lado y ocupar su trono, pero fracasó, así que cállate.

Pues bien, recordemos a Fátima-badji y sus trece hijos que abandonaron a su querida madre para trabajar en una compañía petrolera, en Baku, la ciudad capital.  Fátima-badji,  cuya doble papada me recordaba el moco de pavo y le colgaba cada vez que comia un pedazo de pan viejo. Sí, Fátima-badji, la que se escarbaba la nariz y se frotaba la mugre o las cosas que se sacaba en los pliegues de su falda. La vieja Fátima que se arrancaba los pelos gruesos de la barbilla y, bostezando con la boca abierta, sin dientes, se adormecía al sol de la tarde sobre un taburete desparejo balancéandose peligrosamente hasta que, de repente, daba un salto y decía: ¡Alá! ¡Alá!  Y al instante recobraba la sobriedad.  O el cucharón de la comida que cocinaba mi madre todos los días y terminaba en el bol de aluminio de una Fátima-badji agradecida.  A cambio, la mujer bendecía a siete de sus generaciones.  Era así como a Fátima se le pasaban las pesadumbres del invierno mientras aguardaba, ansiosa, a la primavera que le traería hierbas frescas y comestibles.  Sentada junto a una pared vacía, Fátima-badji esperaba pacientemente a su hijo Shukur --que era un oficial—o las revelaciones del Profeta.  Pero cuando mi abuela se ponía a recordar, aparecían lágrimas en los ojos tristes de Fátima-badji:

---Eh, Garegin, ¿no eras tú quien cuidó de Varditer como a una rosa y, al final, te resultó estéril?  ¿La hubieras dejado a Fátima en ese estado?

Afanosas, las mujeres armenias extendían la lana lavada de sus edredones al sol del día y a la vista de todos los vecinos.  Fátima-badji vigilaba las piedras que se colocaban a los bordes y las cuatro partes de la lana como si estuviera vigilando las fronteras de un país.  Luego, bajo el resplandeciente sol del mediodía, se ocupaba de despeinar la lana, madeja por madeja, echando espuma por la boca, doblada en dos y llenando, con movimientos ágiles, todas las bolsas de lino.

Así quedó Fátima-badji en mi memoria; un objeto permanente y decorativo en el patio de mi infancia.  Y recordarla u olvidarla terminó siendo mi lucha interior. Mejor no sigamos con eso; he dejado para el final el detalle más interesante de su vida. Ella, al igual que mi abuela, guardaba un vestido hecho de tela buena y cara para lucirlo en su último día.  Es que nuestra gente se ha esmerado siempre en ser respetuosa hasta el día final.  No comeremos, no beberemos, pero ahorraremos los últimos centavos para que nos entreguen decentemente a la tierra.

Fátima, ¡bendita sea su alma! Cuando joven era una belleza, contaba mi abuela.  Alta y delgada como una concubina, con bucles gruesos y caderas bamboleantes.  ¡Y, qué ojos!  Como los ojos armenios, cada uno del tamaño de una uva negra. Hasta que Fátima comenzó a llevarles agua y pan a los pastores en las montañas, y conoció a Garegin. Según mi abuela, a partir de ese día, Fátima se entregó a las montañas y se tornó en una abeja que extrae el néctar de las flores. Tan dulce era el néctar de Garegin que ella estaba dispuesta a hacer sherbat [6] con él.  Pero Garegin, después de cortar las malezas, volvía a casa y Varditer, que tenía sólo trece años, lo esperaba con una toalla y un balde en sus manos.  A Fátima, la golpeaban y la metían por la fuerza en la cama del hijo bizco de su tío.  Los ojos bizcos del muchacho no impidieron que Fátima se embarazara, diera a luz a esos trece niños que crecieron y abandonaron a su madre amada por los pozos petroleros en la ciudad capital de Baku.  Un día, durante una crecida del río, el marido de Fátima tropezó, cayó en un cañón rocoso y lo último que  oyó el desdichado, fue el balido de sus ovejas.  Nunca lo encontraron; el pobre hombre murió y su memoria se fue borrando de las vidas de sus trece hijos y, de Fátima.

No tengo idea cuál de los trece hijos fue ---bien podría haber sido Shukur, el oficial (mi abuela siempre decía que esos hijos estaban malditos) --- quien en enero de 1988 le envió a Fátima un telegrama, desde Baku, invitando a su madre a la boda de su nieto.  Para ese entonces, hacía ocho años que Fátima había muerto.

Decía mi abuela que si nos acercábamos a las tumbas de Garegin y Varditer, encontraríamos, a un costado, un túmulo desatendido, cubierto de malezas.  Mi abuela insistía con que ésa era la tumba de Fátima-badji. 

  
Diana Hambardzumyan © 2009

 Traducción del inglés: Violeta Balián  2018


[1] Una mujer fea.

[2] Un canal de televisión armenio que ya no existe más y que emitía programas de baja calidad; entre ellos, lecturas libres de poemas en las que participaba gente común.

[3]  Término afectuoso que significa “Hermana”.

[4]) Hovhannes Tumanyán  (1869-1923) fue un poeta y escritor armenio

[5]  En el idioma iraní, “Juzgado”

[6]  Una bebida dulce.



lunes, 12 de febrero de 2018

ENTREVISTA A LA ESCRITORA ANA ARZOUMANIAN

La escritora Ana Arzoumanian publicó Infieles
“Tengo la responsabilidad de poner el dedo en la llaga”
Novela anfibia con fraseo barroco y respiración poética, narra un viaje a Estambul en busca del supuesto hijo de una abuela armenia. El itinerario habilita reflexiones sobre la caída del Imperio Otomano y traza una compleja cartografía con frases del Corán.
Ana Arzoumanian es argentina, de origen armenio.
Ana Arzoumanian es argentina, de origen armenio. 
Imagen: Sandra Cartasso
La voz narradora –una argentina descendiente de armenios– desata el nudo de su lengua repartida entre el castellano, el armenio y el turco. “Cuento la historia de los cuerpos para nombrar algo de lo íntimo”, afirma esta mujer que tempranamente confiesa que viajó a Estambul para buscar al hijo de su abuela. “¿O habrá sido una niña?”, se pregunta como si las esquirlas de un relato en el que se insinuó una violación continuaran clavándose en la memoria de un cuerpo deseante que intenta unir lo que ha sido mutilado. El viaje le permite deconstruir la caída del Imperio Otomano –y el impacto que tuvo en la política de la lengua y en los cuerpos de las minorías como los armenios– y trazar una tensa y compleja cartografía con frases del libro sagrado El Corán. En la formidable y perturbadora Infieles (Libros del Zorzal), una novela anfibia con fraseo barroco y respiración poética, Ana Arzoumanian propone salir de sí para ir hacia otro sitio –que en su educación sentimental representó lo salvaje– evocando un Ausente. 
Arzoumanian cuenta en la entrevista con PáginaI12 cómo fue ese viaje que realizó de Ereván, la capital de Armenia, hacia Estambul en 2014. “La frontera estaba –y sigue estando– cerrada; pero había vuelos entre una ciudad y otra. El libro empieza con una parte del relato, que es lo que me sucedió: no me dejaron pasar porque me decían que no tenía visado, porque para la gente de Armenia se requiere visado, tanto para entrar como para salir. Me miraban el pasaporte y me decían: ‘usted no puede’. Y yo les decía: ‘Yo soy argentina’. Ahí el oficial de aduana me miró otra vez, miró el pasaporte y me dejó pasar con desconfianza”, recuerda la narradora, poeta y ensayista.

–¿Qué significó ese viaje?
–Fue un viaje muy impactante. Vi a un editor que es armenio, que trabaja y vive en Turquía. Si íbamos a un restaurante, ellos ya no hablaban en armenio, bajaban la voz y guardaban las cadenitas con las cruces. Había un clima de cuidado, de sospecha. Las situaciones eran duras, no amorosas. Cuando volví a Buenos Aires en el avión, me tocó compartir el asiento con una señora turca que trabaja en la comisión de Derechos Humanos de la ONU, y vinimos todo el viaje conversando. Cuando ella se bajó en Río de Janeiro, sacó de su cartera algo y me dijo: “esto es un regalo para vos”. Me dio un libro de un escritor armenio-turco, Hayko Bagdat, que en turco se llama Caracoles, escrito en turco, en el que habla sobre cómo es la vida de un armenio nacido Turquía. Yo también me pregunté para qué hice ese viaje, más allá de que mi esposo nació en Turquía, es armenio-turco y vino a los dos años a la Argentina. Con el tiempo pensé que quizá yo había viajado para buscar a alguien. Siempre hay en la cosa familiar alguien perdido que tengo que encontrar. Hay un relato no del todo armado de que hubo una violación en relación con mi abuela materna. Lo que no sé es si hubo un hijo o no. Y si hubiera habido un hijo, de un kurdo o de un turco, quizá estaría viviendo en Turquía islamizado. Yo leí unos textos de Hrant Dink, un periodista armenio que vivía que Turquía y lo mataron porque él decía que en la sociedad turca hay muchos armenios que están viviendo islamizados. La hija de Atatürk, que es el prócer de la República, era adoptada y tiene orígenes armenios. Y ahí los fundamentalistas se enervaron y lo mataron. En uno de sus artículos periodísticos Dink dice que “un millón y medio de armenios murieron. Pero nosotros comprendemos cada día que no todos murieron”… En ese “no todos murieron” él decía que muchos estaban viviendo sin saber que son armenios o quizá sí sabiéndolo, pero ocultando su origen. Eso me generó mucha inquietud porque quizá entre ese millón y medio estaba algunos de mis tíos y tías que desaparecieron y nunca supe que pasó. 
–Infieles está atravesado por frases del Corán. Una de esas frases es: “Un esclavo creyente es mejor que un asociador”. ¿Cómo inscribe esta frase en la historia de Armenia?
–Una manera de entender era ir y ver qué pasaba al relacionarme con la gente turca. La otra manera, que me parecía la más regia, era tratar de dialogar con el texto sagrado, tratar de entrar para ver cuáles son sus imágenes, dónde están instalados, siempre con dificultad porque yo lo trabajé desde la traducción; un diálogo que en un punto es imposible porque tanto uno como otros tratan de no escuchar esa parte. Esa frase, junto con el título del libro, hace alusión a los otros como los que no son fieles, los que tendrían que entender dónde está la senda de lo correcto. No digo el bien porque el bien es un término muy cristiano; pero sí de cierta salvación de la vida comunitaria, porque la vida comunitaria depende también de la vida religiosa. 
–En Infieles la protagonista plantea un problema con la lengua cuando advierte: “Lavar la lengua. Una red de lavanderías que se utilizaban para esconder la procedencia ilícita del dinero conseguido por actividades criminales. No el lavado del dinero, el lavado del lenguaje”. ¿Cómo explica esta obsesión que tiene la protagonista?
–De ese viaje me traje muchos textos sobre la caída del Imperio Otomano. Yo quería estar en esa zona, en ese momento en que el imperio caía. Hay algo muy sensible ahí. Yo hasta ahora tenía la versión de la destrucción, la dispersión, el aniquilamiento, el exterminio y el genocidio armenio. Pero no sabía lo que pasaba del otro lado, todo lo que le pasaba al turco, al otomano musulmán, qué era lo que estaba viviendo. Estos textos recorrían desde la cosa traumática de los hombres perdidos en la guerra, la pérdida enorme de territorios del imperio turco, desde las costas africanas y asiáticas, hasta centrarse solamente en el Asia menor. La lengua que tenía un alfabeto árabe se transforma en la conversión del imperio a la república en el alfabeto occidental. Lo singular es que así como se elimina todo el imaginario alrededor de los sultanes y se saca a los sultanes del medio de la política, la revolución los saca, los jóvenes turcos lo sacan, también se eliminan los textos que estaban escritos en esa lengua que tenía ese alfabeto árabe. Hay una desconexión tan enorme que los niños después no podían leer lo que los padres escribían. Los padres no podían leer lo que los hijos escribían. Todo texto anterior a 1923 los turcos no lo pueden leer; hay pocos especialistas en algunos universidades que tienen ese conocimiento, porque además se mantuvo esa especie de secreto frente a esa lengua. Esto me resultó una herida muy singular, un borramiento que tenía que ver no sólo con el mundo de lo armenio, sino con el mundo de lo turco. Cómo será vivir en un lugar con tanta historia, con miles y miles de años de riqueza y de imperio, sin poder leer. 
–Este borramiento singular, ¿la aproxima a comprender algo de la historia de los turcos, a pesar de ser descendiente de armenios y tener familiares víctimas del genocidio?
–Sí, intento ver qué pasó, teniendo en cuenta que Estambul fue invadida, que los Aliados la tomaron, que Francia, Gran Bretaña y España se repartieron el imperio y que ellos se sintieron muy amenazados. Imagino lo que debe ser que se pierdan todos los territorios. Uno tiene la idea de que es bueno que un imperio caiga. Pero los coletazos de la caída de un imperio tienen estas oscuridades que desde la escritura está bueno explorar. Algunos sociólogos argentinos alguna vez me dijeron que ellos habían sentido simpatía por la construcción de la república turca y por los jóvenes turcos y que no sabían casi nada del genocidio armenio. Les parecía bien que los jóvenes turcos llevaran adelante una revolución porque así como se caían los zares en Rusia y aparecía la Revolución Bolchevique, en Turquía se caían los sultanes y aparecía una república, lo que para nuestros términos es bueno. Que eso implica un cambio democrático. Algunos armenios también confiaron en esos jóvenes turcos que hacían la revolución y la república, pensando que iban ayudar en su propia nacionalización. Y sin embargo después los desplazaron y aniquilaron, porque decidieron que la república no fuera multiétnica como el imperio, sino que fuera turca. Si los armenios querían vivir como turcos, podían vivir allí, sino eran los infieles que había que perseguir. Yo fui educada en la idea de que el turco era el bruto, el salvaje, el que andaba con dagas matando. Pero la sofisticación de Estambul me dejó muy abismada, al comprobar que había una cultura muy refinada. Escribir con el texto del Corán fue también querer estar cerca y comer la misma comida. Las comidas son iguales o muy parecidas. Estar en ese lugar y comer delicias me llevaba a preguntarme: ¿uno es lo que come también? Yo podía comer delicias, pero a la vez me tenía que ocultar, si hablaba en armenio.
–“Escribo para no escuchar el odio de mi madre”, dice la narradora en Infieles. ¿De dónde viene esta frase?
–Para sacarla de la cuestión familiar primaria, también las madres y mujeres armenias tuvieron que ver con la transmisión del odio. Las madres armenias, dentro del imaginario, tienen una posición de mucha fortaleza como la que define, la que ordena. Dentro de ese orden hay cierta virilización de la mujer, de hacerse más masculina y mantener cierta tensión odiosa en relación al otro, porque el otro es siempre un posible enemigo y entonces hay una crianza sobre la desconfianza. Se cría a los niños para que desconfíen porque el otro siempre es amenazante. Vivir en ese esquema, cuando uno ya percibe esa música odiosa, y tratar de salir de ahí es muy difícil, para asumir otro tipo de maternidad en relación a lo comunitario a través de la confianza. Yo tengo la responsabilidad de poner el dedo en la llaga y decirles a las mujeres armenias que están sacrificando a los hijos. ¿Vale la pena? La pregunta del libro, en un punto extremo, es: ¿Las naciones valen la pena? ¿Valen la muerte del otro y de los propios hijos? Yo creo que no. 
–Cuando la narradora camina por las calles de Estambul, busca en los rostros con los que se va cruzando al hijo de su abuela y plantea la cuestión de “desinventar una familia”. ¿Cómo sería esa desinvención?
–Así como hay una construcción de una familia particular, también hay que poder deconstruirla en términos derridianos, sacarla del territorio mítico; destruirla es una palabra un poco más compleja, pero sí desinventarla, salir de la mitología familiar para encontrar otras posibles familias, que no son las de la genealogía, sino las familias de los sufrientes, quizá del sirio, del palestino, del argentino más cercano, para qué vamos a irnos tan lejos. A mí me pasa con la literatura que encuentro textos que me hablan y siento que me habla mi hermana, mi hermano, mi primo, y que armo familia. Pero para eso primero tengo que ver con extranjería y extrañeza a mi propia familia. Y con las nacionalidades pasa lo mismo. Para poder desinventarse como nación hay que también escucharse como extraño y extranjero dentro de la misma interioridad. Para escuchar también la sutileza de la música, sino es como el canto del himno que uno repite a veces sin darse cuenta de las palabras que dice.
–En toda su obra poética y narrativa es crucial el cuerpo. En “Infieles” la narradora afirma: “en las profundidades del cuerpo hay más cuerpo”. ¿Por qué todas sus historias parecen suceder en el cuerpo?
–Sé que hay en mí un hábito temprano a lo mutilado, a lo fragmentado, como si dentro de mi paisaje la mutilación hubiera sido lo habitual. El camino que vengo haciendo es desnaturalizar la mutilación y armar como un rompecabezas de partecitas del cuerpo, armar un cuerpo deseante, como en Mar Negro. Que no me aparece naturalmente, yo lo tengo que construir y esa construcción del cuerpo-uno –que no esté la cabeza por un lado y los miembros por otra– es a partir de la literatura. Para eso hay un torcimiento, hay algo forzado, una demasía de cuerpo por esta intención de que el cuerpo aparezca como un cuerpo deseante entero. Quizá alguna vez aparezcan cuerpos más amorosos, pero mis cuerpos siempre están lindando con lo pornográfico. No sé si en algún momento mi literatura se transformará en una literatura más amorosa... Acerca del uso de la lengua, un periodista armenio me dijo que soy una de las pocas escritoras que escriben sobre las cuestiones armenias en castellano y que al no escribir en la lengua armenia hay una pérdida y que escribo como en una lengua “desespiritualizada”. Me quedé pensando que quizá mi obsesión con los cuerpos es porque mi lengua, al escribir en castellano, es una lengua de pura materialidad porque mi corazón está repartido –tiene una lengua castellana y una lengua armenia; está entre dos zonas–; entonces el castellano queda muy material porque la espiritualidad está como en fuga. Es como si con cada texto que escribo tuviese que parir un cuerpo entero. Yo lo miro y en ese momento del parto quiero ver si todo está en su sitio. En ese mirar lo doy a ver para que el lector me diga que el cuerpo está entero.

lunes, 21 de agosto de 2017

CATERINA CORNARO, Reina de Chipre y Armenia

Caterina Cornaro, reina de Chipre y Armenia
Tiziano (1542)
Caterina Cornaro (Venecia; 1454 - 10 de julio de 1510), noble veneciana, que llegó a ser Reina de Chipre y de Armenia.
Hija de Marco Cornaro y de Fiorenza Crispo, pertenecía a una de las familias más ricas e influyentes de la República de Venecia, los Corner.
Se educó en un monasterio hasta la edad de 14 años, cuando fue prometida como esposa al Rey de Chipre y de Armenia Jacobo II de Lusignan. El matrimonio se retrasó cuatro años, hasta 1472. Un año después el Rey moría dejando a su viuda encinta. A raíz de estos sucesos Chipre comenzó a orbitar bajo la influencia veneciana.
En la noche del 13 de noviembre de 1473, un grupo de nobles catalanes capitaneados por el obispo de Nicosia, que pretendían liberarse del dominio veneciano, irrumpieron en el palacio y raptaron al pequeño heredero. Caterina continuó, sin embargo, reinando, bajo la constante protección de la República Veneciana.
En 1488, tras descubrirse otra conjura por parte de nobles catalanes, Caterina se trasladó a Venecia. Al año siguiente abdicó de forma oficial a favor de la República véneta. En su ciudad natal continuó ostentando los títulos y rangos de Reina.

Monumento fúnebre a Caterina Cornaro en Venecia.


La figura de Caterina Cornaro en las Artes.
La ópera, La Reine de Chypre de Fromental Halévy, con libreto de Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges, fue estrenada en París el 22 de diciembre de 1841. Sobre el mismo libreto de Saint-Georges se basó la versión de Giacomo Sacchero para la obra Caterina Cornaro de Gaetano Donizetti, puesta en escena en el San Carlo de Nápoles el 18 de enero de 1844. 
Bajo el título "La Reina de Chipre", Marian Izaguirre ha escrito uno de sus mejores cuentos.  En él, la protagonista, una escritora actual, se encuentra sin saberlo hablando con Caterina Cornaro que la invita a una exposición del propio Gentile Bellini.  La obra constituye un emotivo y precioso relato sobre la inexistencia del tiempo.

Violeta Balián
Fuente histórica: Wikipedia et al. .




martes, 1 de noviembre de 2016

LA MISTERIOSA PIRÁMIDE DE DVIN



A propósito de la pirámide Dvin, escribe el historiador español Xavier Bartlett Carceller:

"He tenido muy recientemente conocimiento de otra pirámide, desconocida y en un lugar relativamente insólito:  Armenia.  Este país tiene un gran patrimonio histórico y arqueológico que en gran parte sigue siendo bastante ignorado fuera de sus fronteras."

A lo largo de la historia  y sin aparente contacto entre sí, surgieron pirámides en distintas civilizaciones (Egipto, China, México y Centroamérica) dando pie a multitud de especulaciones y de toda índole.  Armenia no es una excepción.  Dvin, la misteriosa pirámide descubierta en unos de los yacimientos arqueológicos  más antiguos del altiplano armenio, a 250 km de Erevan, la actual capital de Armenia.  Dvin, a su vez, es una  antigua capital de Armenia cuyos orígenes se  remontan al Tercer milenio a.C.  Además, según los científicos que corroboraron las huellas encontradas en el sitio, éstas apuntan a un gran incendio, en la primera mitad del siglo VIII a.C., cuando Dvin y varios otros asentamientos en el Valle del Ararat sufrieron toda suerte de destrucción a manos de las hordas invasoras. 

La pirámide de Dvin es bien conocida por lo lugareños. De hecho, hasta hace muy poco, se practicaban excavaciones ilegales en la cima de esta colina artificial y debajo de ella, se encontró una construcción de piedra.  Sin embargo, los trabajos no han progresado debido a que el gobierno armenio no ha dado aún permiso para investigarla. Lamentable e inexplicable, pero no tanto si se tiene en cuenta una entrevista que les hizo recientemente la TV Armenia a dos periodistas que publicaron notas sobre la pirámide y los trabajos arqueológicos.  En esa transmisión, los reporteros no pudieron dar datos adicionales sobre la estructura  salvo que era de basalto, agregando que esperaban la opinión informada de los dirigentes de la Iglesia Apostólica Armenia.  La Iglesia, por cierto, propone algo muy distinto: Dvin es simplemente un túmulo, un legado de las prácticas funerarias de los invasores mongoles.

Piedra grabada encontrada en Dvin y cima de la pirámide de Dvin

Sentimos mucho tener que contradecir a la Iglesia.  A pocos kilómetros de la pirámide se encuentran las ruinas de la antigua ciudad de Dvin  donde se halló una piedra con un relieve que muestra, de forma muy clara, una típica pirámide escalonada (ver foto adjunta).  Un hallazgo importante.  No sólo constata la antigua presencia de la pirámide en la región sino que la misma no siempre estuvo cubierta de arena y tierra. 

Simultáneamente, la UNESCO realizó otros estudios que indican que Dvin fue el sitio donde en el siglo VI a.C. se construyó una enorme fortaleza.  Los correspondientes trabajos arqueológicos han sacado a la luz un buen número de hermosos artefactos que atestiguan el alto nivel de artesanía que practicaban los antiguos habitantes de Dvin.  

En el año 301 de la era cristiana, Armenia adoptó el Cristianismo como su religión oficial. En los años que siguieron, unos doscientos, lo que aún quedaba de las antiguas creencias y ritos fue sistemáticamente destruido o escondido.  La Pirámide de Dvin no es misteriosa sino simplemente, otro símbolo de un culto antiguo que fue cubierto con arena y camuflado como una colina natural.



Versión artística dela Fortaleza de Dvin (Siglo VI a.C)

Violeta Balián © 2016
                
Fuentes: Xavier Bartlett Carceller, Barcelona (España)
               Graham Hancock,  The Magicians of the Gods (St. Martin´s Press 2015)

jueves, 8 de septiembre de 2016

ANA ARZOUMANIAN: la escritura y en el origen fue el destierro


Ana Arzoumanian


En su nota De Armenia con arte, sobre los artistas argentinos de origen armenio, Daniel Gigena (La Nación) destaca la obra de  Ana Arzoumanian:

"Publicó en 2015 Del vodka hecho con moras (Libros del Zorzal), texto sobre el que el director de teatro Román Caracciolo escribió la obra Tengo un apuro de un siglo, que ganó el primer premio del Teatro por la Justicia. Hace poco, la editorial Aras de Estambul publicó El depósito humano: una geografía de la desaparición, otro libro de la autora en su traducción al turco.

Poeta y ensayista, Arzoumanian cuenta sobre su trabajo como escritora de dos culturas: 

Mi lugar en el mundo es el texto. Allí escribo en castellano con un perfume a nogal seco, a incienso. Allí invento una genealogía que sobrevuela vacíos, entre la voluptuosidad poética del mestizaje y la pronunciación del refugiado. Allí, el lenguaje puesto en una especie de insurrección. En el lugar donde se suspenden las certezas que se arroga el monopolio discursivo, edifico una lengua que intenta asumir los trazos de voces perdidas. Escribir el eclipse es una manera de recordar esa extrañeza. Ya no una descripción de los hechos desde la norma, desde lo codificado, sino desde el exceso. Los cuerpos como lugar de deseo y de vulnerabilidad, como lugar público de exposición se preguntan una y otra vez: ‘¿Qué soy sin vos?’ Al borde de esa pregunta hay una incandescencia, la transformación de la página en superficie sensible. Testimoniar así, con lo que queda, con el resto, cumplirme con el ‘y contarás’ mosaico con todo lo que falta, con lo que seguirá faltando”.

Juana I

Mar Negro en armenio
Kaukasos

Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina en 1962 y se formó como abogada y psicóloga.  Participó del II Encuentro sobre Genocidio en Buenos Aires, publicando el ensayo Más acá de los derechos humanos  (Los derechos humanos y la vida histórica, actas; 2000). Y también del Segundo Encuentro Internacional, Análisis de Prácticas Sociales Genocidas, Universidad Nacional Tres de Febrero, 2007, presentando el trabajo El otro cuerpo de la lengua; la poesía como resistencia a prácticas genocidas. En la IX Conferencia Bianual de la Internacional Association of Genocide Scholars; Genocidio: verdad, memoria, justicia y elaboración; y presentó el ensayo De la escena del crimen a la escenificación. El perpetrador como reclutador de mirada; un proceso pornográfico.

Entre sus publicaciones y actividades afines señalamos:

-Fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto, Yad Vashem para realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, Jerusalén, 2008. 

-En 2010 y en Argentina y Armenia rodó el documental "A. Dialogo sin Fronteras" que trata sobre el genocidio armenio y los desparecidos bajo la dictadura militar argentina, con el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de la República Argentina, y la dirección de Ignacio Dimattia.

-En el libro de poemas Káukasos, recorre el trastorno de la identidad diaspórica. Editorial Activo Puente (2011),

-Ceibo ediciones de Chile publicó la novela “Mar Negro”, texto que ficcionaliza la tensión entre víctima y victimario, escribiendo el devenir traumático del uno en el otro. 

-Junto a Alice Ter-Ghevondian tradujo a 20 poetas de la Armenia contemporánea, publicando la antología "Un idioma también es un incendio, 20 poetas de Armenia" en Buenos Aires y en Córdoba en una doble edición: Activo Puente- Alción editora. 

-En 2013 la editorial Antares Media Holding de Armenia publicó “Im anune hima e” traducción del poema “Káukasos” al armenio por Alice Ter Ghevondian, bajo el auspicio del Ministerio de Cultura de la República de Armenia.

-Ana Arzoumanian ha sido nombrada como profesora en el Posgrado Internacional de Escrituras Creativas FLACSO, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.




Del vodka hecho con moras


 Ana Arzoumanian en sus palabras:

"Mi preocupación por la justicia, mi encantamiento por la belleza, la belleza como otra forma de la verdad hizo que encontrara en la palabra un medio para tocar al otro, para entrar en su mundo toda vez que en el origen fue el destierro. Trato con un material incandescente, y voy hasta lo abyecto para quitar el velo de la herida, para que tome aire y, de alguna manera, cure".  

Violeta Balián, 2016