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jueves, 20 de agosto de 2015

DOS PERROS NEGROS, un relato de Violeta Balián







"Dos perros negros", ilustración de Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)


No recuerdo el sabor de los peces que pescamos del Nilo.  Después de comerlos, enfermé gravemente y una templada mañana de abril de 1118 entregué mi espíritu en el-Arish, un desolado sitio del Sinaí.  

Culminaron así mis malandanzas por el Medio Oriente, aquellas que comenzaran años antes, en Marash, al morir mi esposa Godehilda quien además, financiaba mi cruzada. Junto a su lecho de muerte y convencido de que mi destino era otro, resolví no regresar a Francia ni a la vida de clérigo que imponía mi familia. Procuré la ayuda de una flota de piratas de Boulogne, instalé mi propia guarnición y me uní a otros cruzados con quienes recorrí y ataqué tierras bizantinas con la intención de hacerme de algún territorio y convertirme en un príncipe oriental.

Pero no fue sino después de un tiempo y al azar, que advertí en mi entorno las presencias y los ojos fulgurantes de dos perros negros.  Tenaces, los canes me seguían por doquier transmitiéndome visiones de conquistas y riquezas.  Caí en la tentación y a cambio de glorias futuras, ejecuté las órdenes del Maestro Oscuro e ingresé en el laberinto de mis iniquidades.

En Edessa, a poco de hacerlo matar por una turba, usurpé el trono del príncipe Toros y seduje a su mujer.  Años más tarde murió mi hermano Godofredo, el rey de Jerusalén. Cuando heredé su trono, acusé a mi reina, Arda de Armenia de infidelidades con mahometanos, y la encerré en una torre por el resto de sus días. Y a lo largo y ancho de mis dominios recogí mancebos y sucumbí a los placeres de la carne. Traicioné a mis compañeros de armas y ajusticié a muchos.  Sin hijos para fundar una dinastía --según mi confesor, un castigo de Dios por haberme alejado de Él-- contraje un matrimonio político y establecí alianzas dudosas.  Sin embargo, ciego a todas mis culpas y excesos e imbuido de mi fama de "cruzado endemoniado" me propuse emprender la conquista de Egipto y recuperar mi posición ante Roma.  

Al frente de mi ejército cabalgué día y noche las arenas de la via Maris.  A mis flancos, los dos perros negros corrían como el viento y ladraban, furiosos al paso de la Dame Blanche, la hechicera vestida de blanco que irrumpía en mi camino riéndose a carcajadas, hablaba como una serpiente y levantando un niño entre sus manos me gritaba ‒‒: ¡Hete aquí, tu hijo, pecador!

Ya en Egipto, vencimos a nuestros enemigos, saqueamos Farama y acampamos a orillas del Nilo. Sin demora, envié un mensaje al Santo Padre para asegurarle que nuestros avances habían afianzado la defensa de la Tierra Santa.  No obtuve respuesta . Tampoco me distrajo la humillación.  Estaba claro. Roma no había sido ni sería mi aliada, y  mis proezas quedarían registradas únicamente en los anales de la historia de la Cruzada. No importaba. Casi al final del camino, reposaba en mí la certeza de que nadie, ni Roma ni mis allegados, conocían los secretos que guardaba mi alma, ni sospechaban cuán lejos estuve de mi propia leyenda.  La mayor parte de las victorias en el campo de batalla se debieron a la intervención del Maestro Oscuro y a lo pactado hacía mucho tiempo, allá, en Asia Menor. 

La noche que siguió a mi muerte, ya espectro pero asido de la brida de mi yegua Gaza´lla, observé desde un cerro y a la distancia los movimientos de mi gente. Centenares de antorchas iluminaban los preparativos para el regreso a Jerusalén, a donde llevarían mis restos para entregarlos a los oficios del Santo Sepulcro.  Oprimido por las sombras y el silencio que me rodeaba, caí en la cuenta de que la totalidad de mi existencia se tornaba irreal e insignificante. Aun así, permanecí en mi puesto, acompañando la marcha lenta de mis hombres hasta que uno tras otro desaparecían en la oscuridad del desierto.  Poco antes del alba, caballo y jinete dimos la vuelta y trepamos en línea recta llegando, así, frente a una cueva.   Dentro, unos escalones conducían ante la imagen de piedra de una diosa de mirada penetrante.  En su regazo, descansaba una cabeza humana y en lo alto, sobre su corona adornada de cráneos, zumbaba un enjambre de abejas. Sin reconocerme, mis dos perros negros le hacían guardia. Temeroso, retrocedí unos pasos y reparé en la arena donde junto a mis pies descalzos podían verse las huellas de aquellos que se acercaron antes que yo. Oí entonces la voz y el reproche articulado del Maestro Oscuro ‒‒: ¿A qué has venido Balduíno, rey de Jerusalén?  Bien sabes que los muertos no me interesan.


Violeta Balián  2015

lunes, 20 de abril de 2015

¿QUIÉNES SON LOS ARMENIOS?

Un comentario del Profesor Jesús García Castrillo

 
 
 
¿Quienes son los españoles? Esta fue la pregunta que hizo el profesor de lengua española a sus alumnos el primer día de clase y del principio de su carrera en una universidad del oeste americano. Las respuestas fueron variadas: unos, que “los habitantes de un país de África”; otros, “de Asia”; los más perspicaces , que “de Europa”, y la más pintoresca, que eran los habitantes de un estado de México. Eso sí, todos sabían que se habla español en las repúblicas sudamericanas; por eso comenzaban a estudiarlo.

No nos escandalicemos: yo mismo he preguntado en España algo semejante sobre los armenios y unos me han contestado que una secta del Islam, otros, que una etnia gitana que vino de Hungría y Rumanía a España después de la guerra, y así se han sucedido los disparates. Es por lo que quiero aventurarme a responder a esta pregunta: ¿Quiénes son los armenios?

Desde la prehistoria hasta Jesucristo, Armenia se fue conformando como un pueblo compacto, que inventó la escritura y por lo tanto la historia, la historia más compleja de uno de los grupos humanos que, dadas las condiciones geográficas, desarrolló un talento prodigioso en una inmensa altiplanicie coronada en su centro por la vieja cumbre de sempiternas barbas blancas, el Ararat.
 
 
La diosa Anahit
 
 


No se sabe de otro pueblo de la antigüedad que antes que el pueblo armenio haya seleccionado semillas de cereales silvestres para convertir las tierras bravas en fértiles cultivos. Así, los armenios pasaron de las cuevas a las casas durante unos milenios y de la carga en la espalda a la carreta de toscas ruedas de piedra.  Y cuando ya era un pueblo pionero que había despuntado por su trabajo y desarrollo de la inteligencia, después de haber descubierto el fuego, cuando había superado el paso de “homo erectus" a “homo faber” fue el primer pueblo que domesticó animales para abastecer de proteínas las despensas, sin salir a cazarlos; y a medir los movimientos de los astros en el firmamento mediante rocas horadadas como las del yacimiento de Karahundg, al sur de Yerevan. Entre los frutos que seleccionó de los bosques y cultivó en los llanos fue el albaricoque, al que los latinos, varios siglos después, llamaron “prunus de Armenia”.
 
Observatorio astronómico de Karahaudg, al sur de Yerevan.

 

Es condición del salvaje humano codiciar lo que otro ha trabajado y atesorado. Es por lo que muy pronto comenzó el pueblo armenio a ser acosado por oleadas de gentes que quisieron arrebatarle tierras cultivadas, rebaños y esposas, las mujeres más bellas del orbe. Por esta razón tuvo que defenderse y para ello caer en la ignominia de fabricar armas mortales para los enemigos, y organizarse como una tribu gigantesca que creó mitos y leyendas sobre las gestas de sus más célebres caudillos y defensores que se impusieron como reyes sucesivos de múltiples dinastías.

Entretanto, adornó las celebraciones de las batallas con creaciones musicales y danzas rítmicas. sacándole sonido a las ramas de los árboles transformadas en rudimentarios instrumentos melódicos y ritmos profundos a la percusión sobre estirados pellejos. De ahí, fue sacando el vibrar de las cuerdas de tripa hasta perfeccionar instrumentos armónicos como el Canun.

Fue el armenio un pueblo que, en ocasiones de su historia, se vio obligado a esconderse en casas subterráneas hasta que fue más efectivo construyendo los edificios sofisticados con todo el abanico de la labra de la piedra, transformando los bloques de las canteras en toda la gama de cuerpos geométricos, vieja tradición desde sus monumentos megalíticos prehistóricos hasta la construcción de puentes, viviendas, fortalezas, templos, plazas, ciudades y monasterios.
Moneda de plata con la efigie del famosos rey Tigranes el Grande (140 - 55 A.C)
 ilustrando la Tiara Real Armenia.
 

 

Cuando nació Roma, el pueblo armenio ya había quemado todas las etapas de un pueblo maduro y experimentado.


Suena a blasfemia -no es mi intención-, pero Jesucristo fue el causante de la decadencia y del sufrimiento. Cuando envió a sus apóstoles a predicar el Evangelio a todas las gentes, Pedro se fue a Roma, que era como la Nueva York de entonces, Tomás, el incrédulo, el de la mano en la llaga, se fue a la India, Juan a Efeso con la Virgen María, y de los dos que nos quedan noticias, Bartolomé y Tadeo sabemos que tras duras jornadas de senderos y veredas llegaron a Armenia sin saber aquella lengua de treinta y seis fonemas y escritura cuneiforme todavía

 

 
Ilustración de un manuscrito religioso armenio (1391)
La Virgen y los apóstoles en Pentecostés.


Su poder de convicción y ejemplo de vida fue tal que convirtieron a todo un pueblo aguerrido y orgulloso de sus proezas bélicas, señor de las más inexpugnables fortificaciones, en un pueblo humilde y generoso, que perdonaría hasta las más crueles ofensas de los enemigos. ¿Fue milagroso que los hombrachones del Cáucaso aceptaran la doctrina de poner la otra mejilla? Milagroso o no, aceptaron consecuentes lo que aquellos apóstoles les habían enseñado sobre la resignación cristiana con el ejemplo de la Pasión y Muerte de Jesucristo para alcanzar la vida eterna.

Entretanto, proliferaron cenobios, eremitas y monasterios; en sus escritorios, la caligrafía del actual alfabeto armenio para llevar por escrito el Evangelio a todas las gentes, siguiendo el ejemplo de los dos primeros apóstoles, hasta el siglo VII en que la cimitarra entró devastadora haciendo huir a todo un pueblo en sucesivas oleadas. La más pérfida fue la persecución selyúcida, devastadora y asesina, que hizo desparramarse a casi todo el pueblo armenio hasta ocupar las costas del norte de África llegando a Canarias, siguiendo las rutas de otros antepasados que, por motivos bélicos y comerciales, habían hollado los caminos africanos. 

En el norte de África dejó el pueblo armenio su sello en usos y costumbres que, a pesar de irse islamizando a lo largo de los siguientes siglos, dado el aislamiento en el que quedaron reducidos en pequeños grupos humanos, ha llegado en reliquias ocultas hasta nuestros días.

De ese primer holocausto armenio nadie habla porque no se conservan escritos que lo narren ni vídeos que filmaran las atrocidades sufridas por los armenios.

No quisiera cansar con referencias bibliográfico-eruditas, pero tampoco me resisto a citar un libro de la biblioteca nacional de París: “Recueil des historiens des croisades” (Documents arméniens) donde nos dice el historiador francés del siglo XIX que en la tierra de Kilikia, perteneciente un día a Armenia, todo quedó arrasado en la Edad Media y sus escritos se perdieron en este país “tantas veces destruido” por el hierro y el fuego. En mala hora se le ocurrió al ancestral pueblo armenio ser el descubridor de la fundición de rocas ferruginosas para tranformarlas no solo en rejas de arados sino en lanzas, puñales y espadas. La gran colección de escritos del Matenadaran de Yerevan son sólo un mínimo exponente de la ingente documentación perdida de la historia de Armenia.

De otras persecuciones y holocaustos contra el pueblo armenio no conservamos más que testimonios indirectos de los que se puede deducir que oleadas de armenios vinieron por las costas del norte del Mediterráneo y por los caminos de los peregrinos y cruzados hasta Europa a construir las 2000 edificaciones de piedra, iglesias, catedrales, castillos y monasterios en la expansión y auge medieval de la Iglesia de Roma. En Europa y sobre todo en lo que hoy es el sur de Francia y norte de España no había canteros especialistas ni cortadores de troncos ni carpinteros para tan ingente proeza arquitectónica. Es más, si es cierto que fueron los monjes templarios los primeros navegantes de la Europa medieval que llegaron al Caribe, ¿no cabe seguir investigando, que fueran sus íntimos colaboradores, los armenios, quienes dieron nombre a los más de 40 topónimos de Colombia, como Armenia, Cauca, Caucasia, Antioquia…etc. que ningún historiador ha sido capaz de explicar hasta el momento?


De lo que no cabe duda histórica es de que en la Edad Media, las distintas dinastías de reyes y nobles se cruzaban en matrimonios de conveniencias políticas tanto en Europa como en Asia y más en concreto entre nobles y reyes de Francia y Armenia.

De lo que tampoco cabe duda es de que el Islam Otomano cortó toda comunicación con un telón de acero infranqueable y los cristianos armenios quedaron aislados y abandonados a su suerte en lo que hoy es la actual Armenia.

¡Cuántos favores se deberían mutuamente, castellanos y armenios, para que en momentos trágicos del último rey de Armenia Levon VI fuera rescatado de las mazmorras del Islam con soldados, oro y otros obsequios al Sultán para traerlo al Palacio de los Papas de Avignon primero, y posteriormente regalarle tierras y vasallos de Madrid, Ciudad Real y Andújar, habiendo tenido en España, durante un tiempo, un rey armenio con plenos poderes monárquicos. 

No quiero que pase desapercibido que hay restos lingüísticos de la lengua armenia en castellano, pero donde abundan es en la actual lengua vasca, y según yo creo, la lengua de los armenios conformó el posterior corpus lingüístico del euskara que a partir de la Edad Media se desgajó en dialectos y subdialectos. ¿Cómo no se van a encontrar semejanzas lingüísticas entre las hablas de los bereberes africanos y la lengua vasca si en las dos hay poderosos posos lingüísticos armenios?

Con estas escasas pinceladas he tratado de retratar al gran pueblo armenio, que ha sabido llevar el perdón en la frente al mismo tiempo que el orgullo, la tenacidad, la laboriosidad y la inteligencia.

Ha sabido permanecer enhiesto contra todas las inclemencias históricas, aunque la mayor parte de los testimonios escritos y artísticos todavía se encuentren entre los escombros ocultos y sin estudiarlos suficientemente, a pesar de lo cual, el tesón, constancia y orgullo del pueblo armenio ha estado latente hasta en las más adversas calamidades sufridas, y oprobios de los que ha sido objeto. 

El gran pueblo armenio ha contribuido, sin duda, en silencio, a la prosperidad de los pueblos con los que se ha mimetizado a lo largo de la historia; pero sobre todo, después del último holocausto, los tres millones que habitan Armenia, han sabido conservarse incólumes sólo en los 29.000 kilómetros cuadrados de la actual Armenia porque el resto, algo más de siete millones de personas se enseñorea por todo el mundo y destaca en las más variadas artes y ciencias.


Dicen los sociólogos que, de no haber aceptado, con rigor cristiano, las bofetadas de los enemigos, serían hoy más de cincuenta millones los habitantes de la gran Armenia desde el Mar Negro hasta el Caspio lindando por el sur con el Mediterráneo. Pero es mejor olvidar esos preteribles para seguir siendo un pueblo de hombres fuertes y mujeres bellas y, valga el tópico histórico, para seguir contribuyendo a la hermandad y prosperidad de todos los pueblos.

Jesús García Castrillo, 4 de marzo de 2014
Todos los derechos reservados.
 
 
 
JESUS GARCÍA CASTRILLO, Astorga (1947)
 
Es licenciado en Filología Hispánica y Románica por la Universidad de Salamanca y ha ejercido su actividad docente como Catedrático de Lengua y Literatura.  Recientemente publicó  la novela  EL ENIGMA DE BAPHOMET en la que Armenia juega un rol importante.

lunes, 30 de marzo de 2015

LUCIN, la UNICA SOBREVIVIENTE del Genocidio Armenio en Argentina

 
 
 
“No sé por qué lo hacían”
Entrevista a la única sobreviviente en Argentina Tiene 105 años. Fue testigo de la masacre de su pueblo, perdió a sus padres y escapó a la Argentina. 

 

Una nota de Daniel Vittar para CLARIN, Buenos Aires, 28 de marzo de 2015


 
Lucin tiene el pelo blanco y la piel marcada por los años. Su rostro conserva una belleza ajada y una expresión rebelde de hidalguía, pero suele perderse en imágenes maltrechas. Lucin tiene 105 largos años, y enarbola la osadía de haber sobrevivido al siniestro Genocidio Armenio.

 
Allí perdió temprano a su madre, y después a su padre. Los hermanos se dispersaron en un mundo de revoluciones y países nacientes. Lucin creció con el ritmo estremecedor del Siglo XX. Los psicólogos denominan resiliencia a la capacidad que tienen algunas personas para adaptarse y superar la adversidad y el dolor. Lucin lo llama suerte. “Tuve suerte”, dice con voz de consuelo, “encontré gente buena que me ayudó”.
 
Es la única sobreviviente en la Argentina, y una de las pocas en el mundo, de esa ignominiosa masacre turca de 1915. Cuando el Imperio otomano dio la orden de deportar a todos los armenios, Lucin tenía 6 años y vivía en una enorme casa en Aintab. “En esa época mi papá Abraham estaba en una muy buena situación, exportaba pistacho y era joyero, muy buen joyero. Yo tenía cinco hermanos; yo era la menor. En esa época vivíamos muy bien”, cuenta, buscando en el laberinto sensible de la memoria.

 
Pero todo cambió cuando a principios del siglo pasado el movimiento nacionalista musulmán de los “Jóvenes Turcos” tomó el poder. Reclamaban una sociedad culturalmente homogénea, que implicaba eliminar a otras etnias como armenios y griegos, y a religiones diferentes, como la cristiana. “No se por qué lo hacían, tal vez nos tenían envidia”, dice con una inocencia que despierta ternura.
El fatídico 24 de abril de 1915 comenzó el genocidio. Ese día las tropas turcas detuvieron a 235 intelectuales de la comunidad de armenios en Estambul. Le siguió una ola de asesinatos, violaciones, decapitaciones y desolación. Los soldados arrasaron una por una las aldeas armenias. En deportaciones masivas las tropas llevaron a los armenios por desiertos que devoraban a los más débiles. Las cifras, aunque nunca reflejan el dolor y el padecimiento de las víctimas, dan una dimensión: se cree que murieron 1.500.000 armenios.

 
Lucin recuerda el comienzo de la tragedia. “Las iglesias dejaron de hacer sonar las campanas y empezaron las maldades. Mi papá sacó en primer lugar a los hijos grandes. Los mandó en tren a Aleppo, Siria. Pero nosotros quedamos hasta último momento”.

 
El relato sigue. “Mi papá se enfermó y nosotros no sabíamos qué hacer. Entonces algunos amigos turcos nos trajeron un carro grande y pusieron un colchón para que mi papá pudiera viajar y escapar. Cuando salimos, los militares nos pararon y nos bajaron a todos. Nos pedían oro. Mi madre había escondido algunos lingotes chicos en almohadas. Revisando, los soldados se dieron cuenta. Nos querían robar todo. Mi madre se puso a llorar y decía cómo vamos a vivir sin esos ahorros. Entonces arreglamos que nos dejaran algo. Llevábamos comida para el viaje, pero también nos quitaron. Nos quedamos sin comida, pero pudimos llegar a Aleppo. Pero mi madre no se salvó. Estaba embarazada y empezó a tener pérdidas, murió en el camino”.

 
La familia de Lucin volvió cuando terminó la I Guerra Mundial, creyendo que dejarían tranquilos a los armenios. “Cuando volvimos todo había sido destruido en el pueblo. Mi casa estaba destrozada”. La pesadilla comenzó otra vez. La represión turca seguía intacta. Ahí se inició un nuevo exilio, en un tren hacia el desierto y la muerte.
 
“El tren paró en un lugar inhóspito, oscuro. Entonces mi papa le dio algo de oro a un guardia para que nos dejara ir. Pero era un lugar desolado. Comenzamos a caminar hacia la única luz que se veía. Cuando llagamos era un galpón enorme que estaba lleno de armenios. Todos apretados. Después de estar unos días en ese galpón mi padre dijo, aquí no nos podemos quedar. Y decidió ir hacia Damasco. En el camino encontramos gente que también huía. Me acuerdo de una mujer que estaba llorando porque le habían matado a los hijos y al marido. Entonces mi papá le dijo si quería ocuparse de mí, cuidarme a mí, que era la más chiquita. Y la mujer me cuidó durante todo el viaje hacia Damasco”.
 
 
Abraham murió en Damasco, y los hijos partieron hacia Argentina, buscando su América. Lucin quedó con su hermana mayor. Allí estudió y aprendió francés, la lengua de la colonia. Cuando tuvo 16 años quiso reencontrarse con sus hermanos. Aprovechó que una familia conocida se tomaba un barco hacia Sudamérica y los siguió. Pero en una escala en Francia la cosa se complicó. Las autoridades la obligaron a quedarse en el puerto porque tenía una lastimadura en un ojo y temían que fuera una infección: “No me dejaron subir al barco. Ahí me quedé un mes con una mujer joven que me ayudó. Después vinimos juntas en el barco, en tercera clase. ¡Qué viaje!”.
 
Llegó en 1925, cuando la inmigración conquistaba el país. “Argentina, ay que lindo! Para mí, como Argentina no hay ningún lugar”, dice, con voz de agradecimiento. Aquí se estableció y formó familia. Tiene dos hijos, 5 nietos y 8 bisnietos. Lucin consiguió la paz que buscaba, pero nunca se desprendió del dolor que le dejó el genocidio. “¿Rencor?, no”, responde ante la pregunta obvia, “Qué vamos a hacer. A todos los armenios nos hicieron lo mismo. Quemaron pueblos enteros. No se porqué. Yo creo que nos envidiaban”, repite.
 
 
Lucin acomoda su falda, mientras pierde la mirada en un cielo azul de recuerdos. “Cuando hablamos de estas cosas, no puedo dormir, no duermo. Casi no conocí a mi mamá, y mi papá murió cuando yo era chica. Perdimos todo. Tuve una juventud muy triste. Qué se le va a hacer. Es la vida”, dice, con un gusto amargo en las entrañas. -


 
 
 

viernes, 27 de febrero de 2015

JORGE DEMIRJIAN, pintor

Demirjian: "La pintura es la cárcel que yo elijo"

ADN Cultura
 

Como la muestra sobre Asterix, el personaje de historieta galo creado por René Goscinny y Albert Uderzo, debió retrasarse (se decía que François Hollande, en su viaje a la Argentina, visitaría la muestra homenaje, pero la masacre de Charlie Hebdo en enero de 2015 cambió la agenda presidencial), los amantes de la pintura que no vieron aún La persistencia del deseo en el Centro Cultural Recoleta resultaron favorecidos, ya que la exhibición de pinturas de Jorge Demirjian permanecerá abierta hasta el 8 de marzo. En la Sala Cronopios, el artista nacido en 1932, hijo de inmigrantes armenios, presenta un conjunto de sesenta obras que, en la amalgama de épocas, influencias e intereses variados que una vida conlleva, conservan, como él dice, "unidad en la diversidad".
Los curadores Renato Rita y Elio Kapszuk seleccionaron grabados y óleos y acrílicos sobre tela, la mayoría del período 2008-2014, además de algunas obras históricas de los años 60. Con ellas, Demirjian configura una organicidad dislocada de formas y sentidos. En el taller del artista en San Telmo, un cuadro de tema vegetal aún sin terminar, en el que se adivinan fragmentos de una strelitzia en flor, ocupa el centro de una de las paredes. Demirjian, en su lugar de trabajo, está rodeado de CD y discos de vinilo de jazz y música clásica (Monk, Schubert, Fauré), de libros de Jorge Luis Borges, de W. H. Auden y de poesía norteamericana y, en hojas de papel, figuran citas de escritores como Pessoa, Kafka y Borges, de quien tomó prestado el nombre de la muestra. "La pintura es un oficio solitario -dice-, y es bueno estar bien acompañado."


Demirjian es un hombre cauto en sus respuestas; de cuerpo menudo, puede parecer frágil. Pero su vitalidad queda confirmada cuando, alrededor, se cuentan varias pinturas de tamaño mediano o grande -formato que sobrevive de los años de la Nueva Figuración, época en la que el célebre cuarteto de artistas (Noé, Macció, Deira y De la Vega) al que él acompañaba como satélite privilegiado había elegido ese formato para espantar a los burgueses que pedían obras a la medida de sus salas de estar- y cuando afirma que puede concluir un cuadro de esas dimensiones en seis horas.  
"Lola"
 
 
"Tengo una gran fe en las minorías de seres humanos a los que les interesa el arte", responde enigmáticamente cuando se le pregunta su opinión sobre el arrollador avance de artistas jóvenes en bienales, ferias y galerías argentinas. Aunque varias veces deja entrever su crítica al arte conceptual, en el que según él "predomina un pensamiento ideológico más que un pensamiento visual", confía en la perseverancia de algunos artistas en "llegar en profundidad a los espectadores". "El arte tienta a la gente porque ofrece un mundo sin horarios, un mundo sin patrones, pero la permanencia en ese mundo es larga y difícil", comenta en referencia a sus ocasionales encuentros con jóvenes pintores. Cuando le toca hablar sobre sus artistas favoritos, de quienes pudo ver obra en persona en los museos europeos -Demirjian vivió becado en Londres dos años; en París y en Milán, y visita a su hijo, establecido en Madrid, con frecuencia-, recobra el entusiasmo: ellos son Velázquez, Goya, Cézanne, Picasso.  
Como en sus obras, en especial en aquellas de los años 70 y 80, el cuerpo humano adquiere una centralidad perturbadora, su labor fue asociada con la de Francis Bacon. "Conocí a Bacon y me pareció una gran persona, pero su pintura me parece algo enfermiza. Me interesa el cuerpo humano pero no la deformación de la persona, como la que él hace en su obra", afirma, y luego desarrolla su idea visual acerca del plano partido, de la forma central que dialoga con los bordes y de la importancia de esos bordes -el marco- en el cuadro clásico. "El espacio que delimitan esos bordes es una cárcel -dice-, pero la pintura es la cárcel que yo elijo."
FICHA.La persistencia del deseo de Jorge Demirjian en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930), hasta el 8 de marzo..