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"El Pacto" Ilustrado por Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina) |
"Un día,
paseaba el rey junto al río que los griegos llaman Nilo y los hebreos Gihon,
cerca de la ciudad, divirtiéndose con algunos amigos. Algunos de los caballeros
usaron hábilmente sus lanzas para capturar algunos peces, que llevaron al campamento,
donde los comieron. Entonces, el rey sintió los dolores de una antigua herida y
sufrió una gran debilidad."
Fulquerio de Chartres: (1059 - 1127)
No
recuerdo el sabor de los peces que comimos aquel día a orillas del Nilo, pero
sí que la pesca fue abundante y que poco después, contemplando la belleza
crepuscular del desierto, enfermé gravemente.
Y una templada mañana de abril de 1118, regresando a Jerusalén, entregué
mi espíritu en el-Arish, un desolado
sitio del Sinaí emplazado sobre la costa mediterránea.
Yo, Balduíno, rey de Jerusalén, estoy
muerto, pero no he desaparecido.
Soy
un cadáver destripado, salado por dentro y por fuera, según las instrucciones
que le di al cocinero poco antes de morir, y dispuesto sobre una litera para que
esta noche continuemos con el viaje por el desierto.
Oh, y también soy un
espectro.
Era
muy entrada la noche que siguió a mi muerte cuando me encontró en la ladera de un cerro cercano a el-Arish, asido de la brida de mi yegua Gaza´lla, y sumergido en contemplación. A la distancia, observaba con atención el
campamento y los movimientos de mis tropas.
Cientos de hombres que apenas unas horas antes conformaban mi ejército;
los mismos que acompañaron las campañas militares que favorecía el Oculto, mi
Maestro. Los veía allí abajo, ocupados
en encender las antorchas que iluminaban los preparativos para trasladar mis
restos y entregarlos a los oficios del Santo Sepulcro.
Sí, estoy
muerto.
Y
por lo tanto, culminaron mis malandanzas, las que comenzaron hace muchos años
en el Reino de Cilicia [1], o en la villa de Marash, donde murió mi esposa,
Godehilda, quien, además, financiaba mi cruzada desde el día que abandonamos
Flandes, decididos a reconquistar Tierra Santa.
Junto a su lecho de muerte, con una abundancia de lágrimas rodando por mis mejillas,
sopesé qué hacer de mi futuro. Para
ello, presté especial atención a la opinión de mis camaradas. Según ellos, yo era un hombre de enorme presencia
y peregrino ingenio, atributos necesarios para participar en la Cruzada. Las lágrimas dejaron de brotar y fue así que me convencí de que sólo existía un
camino: no regresar a Francia ni a la vida de clérigo que me impondría mi noble
familia. Mi destino era otro y lo encontraría en el Cercano Oriente. Procuré la ayuda de una flota de piratas de
Boulogne, instalé mi propia guarnición y me uní a otros cruzados con quienes
recorrí y ataqué las tierras bizantinas hacia el este, mientras dejaba engordar
la codicia que me empujaba a ganar algún territorio y convertirme en un
príncipe oriental.
Tiempo
después y por obra del azar, advertí dos perros negros que me seguían por
doquier; y al mirar en sus ojos fulgurantes podía ver visiones de conquistas y
riquezas. Mis compañeros, los que tenían
más experiencia y tiempo en el lugar, me hablaron del Maestro Oculto y de los
peligros de negociar con Él, pero tal era mi ambición que sellé un pacto,
ejecuté sus órdenes y silenciosamente, ingresé en el laberinto de mis
iniquidades.
Luego
de algunas misiones de combate, mis compañeros y yo conquistamos Turbessel. [2] La comitiva era pequeña. aun así, continuamos hasta llegar a la antigua Edesa [3] donde
con mucha alegría me recibieron el príncipe Toros y su mujer. Días más tarde, ante una muchedumbre y en una
ceremonia tradicional, la pareja me adoptó como hijo y heredero. Yo bien entendí que era un acto de
desesperación por parte del príncipe armenio, muy necesitado de ayuda militar
para combatir a sus enemigos internos como también a los turcos selyúcidas que
invadían sus territorios. No tardé en
sentirme parte de la familia de Toros, pero, usaba mi tiempo de espera en
seducir a una de sus hijas y otras doncellas.
Muy pronto, mis ambiciones políticas me llevaron a conspirar con los
enemigos de Toros, a forzar al viejo príncipe a abdicar y, finalmente, a entregarlo
a manos de una turba enfurecida.
Muerto
Toros, me convertí en el Conde de Edesa al tiempo que su mujer y su hija habían desaparecido.
Me entristecía ignorar la suerte que habían corrido las mujeres, pero
acepté la versión de que habían perecido durante el conflicto. Sin embargo, hubo quienes aseguraron que las
mujeres habían huido al norte, buscando refugio en las tierras de Melitene,[4]
que gobernaba Gabriel, el suegro de Toros.
En cuanto a mí, y al no haber rastro alguno de ellas, el camino al poder
absoluto se fue despejando. Consolidé mi
posición en Edesa contrayendo nupcias con Arda, otra princesa armenia.
Hasta
aquí se iban cumpliendo las promesas del Oculto. Razón por la que de ahí en adelante y en el
ejercicio de mis nuevas funciones, me entregué a todo género de mentiras,
engaños y artimañas.
Mi
hermano Godofredo, rey de Jerusalén, murió de repente y sin descendencia. Por
imperio de las leyes de la herencia, adquirí su trono. Concedí las tierras y el gobierno de Edesa a
mi primo, Balduíno de Bourcq, y partí hacia Jerusalén. A mi arribo, fui coronado rey y Defensor del
Santo Sepulcro mientras la población me vitoreaba como a un nuevo Josué, “el
brazo derecho de su pueblo, el terror y adversario de sus enemigos”. En palacio, los cortesanos me describían como
“un hombre de porte muy digno, serio en el vestir y en su parlamento”. Confieso que mi secreto consistía en seguir el
ejemplo de mi padre, Eustaquio II de Boulogne, quien, en todo momento, llevaba
un manto sujetado de los hombros que le llegaba a los pies. Y a buen efecto.
En
Jerusalén, me deshice rápidamente de mi reina, Arda de Armenia, acusándola de
infidelidades con mahometanos. La acusación era falsa, pero según mis
consejeros, el agravio le valía el encierro de por vida en una torre. Mi
proceder fue injusto, pero Arda ya no me era útil porque en mi nuevo reino no
había armenios.
Entré
así en un nuevo capítulo de mi vida. Mi
política de gobierno consistió en intensificar mi comunicación con el Oculto, y
recibir sus directivas. A cambio, el
Maestro me otorgaba total libertad para lo que yo quisiera hacer. Henchido de regocijo y una inesperada
sensación de amplitud, sus palabras me dieron la confianza para gobernar como
me diera la gana, sin concilios ni ministros. Hice, sí, varias campañas
militares, recorrí mis nuevos dominios, conocí a mis súbditos y elevé el número
de mis tropas. Entre una batalla aquí y
otra allá, también acumulé vírgenes y mancebos para entregarme a los placeres
de la carne. En poco tiempo, abandoné
los principios que aún me quedaban.
Cometí vilezas, crímenes, traicioné a mis caballeros y, ajusticié a
muchos de mis leales. Me sentía libre,
pecando a sabiendas y manteniendo la esperanza o la ilusión de conocer, algún
día, ese otro mundo donde reinaba el Oculto y yo, sería absuelto de mis
pecados.
¿Me abriría también
Él las puertas a los cuatro ríos del Edén?
Al
igual que mi hermano Godofredo, yo, Balduíno I, no tenía hijos con quienes
fundar una dinastía. Fulquerio, mi
cronista y confesor, insistía con que tal resultado era un castigo de Dios. Me había alejado de Él. Respondí a sus exhortaciones cristianas
contrayendo un matrimonio de conveniencia con una acaudalada condesa
siciliana. Con ella tampoco tuve hijos.
Cinco
años más tarde, erosionado física y espiritualmente, enfermo y más que ciego a
mis culpas, excesos, a la censura eclesial por bigamia, con muchas victorias y
alguna que otra derrota, y amparado en mi fama de "cruzado
endemoniado", me propuse recuperar mi lugar ante Roma. Con ese objetivo emprendí una última hazaña,
la conquista de Egipto.
Día
y noche, al frente de mi ejército, cabalgué las arenas sagradas de la via Maris. A mis flancos, todo el tiempo, corrían como
el viento mis dos perros negros, ladrando furiosos a la presencia de una mujer
vestida de blanco que se aparecía en los cruces de camino. Mis tropas,
conocedoras de las leyendas locales, la identificaron como a Hécate, la
vengativa diosa lunar de tres cabezas, oriunda de Anatolia y cuyas apariciones,
precedidas por una jauría de perros fantasmales y aulladores, causaban terror a
la región. Curiosamente, cuando
finalmente se aproximaban a ella, mis dos perros negros quedaban inmóviles,
incapaces de atacar. La antigua hechicera. riéndose a carcajadas me convocaba
usando mi nombre. Luego, cara a cara, me
hablaba como una serpiente y, recordándome que ella era también la diosa de los
nacimientos, levantaba un niño entre sus manos, proclamando una y otra vez ‒‒:
¡Hete aquí, el hijo
que tanto deseabas, bígamo pecador!
En
cada uno de esos encuentros, mis hombres y yo la veíamos en carne y hueso. No
le temíamos. Pero ellos hacían la señal de la Cruz y confiaban en el
Señor. En tanto yo, ponía toda mi fe en
el Oculto. Salvo en mis momentos íntimos,
de sufrimiento y reflexión, cuando me cuestionaba si lo que Hécate decía era
verdad, que yo había sido un padre ignorante de su condición. Porque si así fuera, tal nacimiento habría
ocurrido en Edesa, en el castillo de Toros, poco antes de la revuelta, o en
Melitene, en la fortaleza de Gabriel. No
tenía indicios. Habían pasado muchos
años y lamentaba amargamente el resultado de mis malos actos. Como tampoco se me pasó por alto la ironía,
que el destino o los designios de cualquier procedencia, hubiesen querido que
mi hijo y heredero fuera también el hijo del pueblo al que tanto le debía y
tanto daño le había hecho, un niño armenio que seguramente convertido en un hombre hecho y
derecho, caminaba las tierras de Cilicia. Hécate, sus apariciones y sus
palabras me habían dejado el corazón destrozado. Por cierto, Dios me había castigado. Pero ¿qué
hubiera argumentado Fulquerio, si la consecuencia de mis pecados formaba también
parte de los planes que el Oculto había trazado para mí?
Llegamos
a Egipto, vencimos a nuestros enemigos, saqueamos Farama [5] y acampamos a
orillas del Nilo. Con el primer barco
que zarpó de Alejandría, envié un mensaje al Santo Padre para asegurarle que
nuestros avances habían afianzado la defensa de la Tierra Santa. No obtuve respuesta: naturalmente no estaba enterado de que el Papa Gelasio
había sido expulsado por el Emperador. Roma no era ni sería mi aliada, y tenía
sospechas de que mi gesta no quedaría registrada en la historia de la Roma
papal; en el mejor de los casos, sería incorporada a los anales de la Cruzada
o, a las crónicas de Fulquerio de Chartres.
En realidad, todo ello tenía tan poca importancia. En mi vida,
suspendida sobre el abismo, reposaba aun la certeza de que nadie, ni Roma ni
mis allegados conocían los secretos que guardaba mi alma. ¿Cuán lejos estuve de mi propia leyenda? Muy
lejos. ¿Existía aquel que hubiese descubierto que mis victorias se debían a las
intervenciones del Maestro Oculto con quien había pactado allá en Cilicia? No, no lo creía.
Y ahora, estoy
muerto y soy un espectro.
Permanecí
el resto de la noche en mi puesto, en el cerro que vigila el-Arish,
asido de la brida de mi
yegua Gaza’lla, acompañando la marcha lenta de mis soldados hasta que, uno tras
otro, fueron desapareciendo en la oscuridad del desierto. Y pensé: ¡Cuán peligroso era vivir entre los
hombres y cuánto más triste vivir alejado de ellos! Pasaron las horas durante las cuales la totalidad de mi existencia se tornó irreal
e insignificante. Yo, poderoso rey y líder
de los cruzados me había transformado en un fantasma solitario, acechado por
las sombras y el silencio alrededor.
Poco
antes del alba, Gaza’lla olió la
tierra y miró a lo alto. Sin vacilar,
caballo y jinete dimos la vuelta y trepando en línea recta, fuimos a dar al
frente de una cueva. Dentro, unos
escalones conducían ante la imagen de piedra de una diosa de tres cabezas y
mirada penetrante. En su regazo,
descansaba una cabeza humana y en lo alto, sobre las coronas adornadas de
cráneos, zumbaba un enjambre de abejas.
Mis dos perros negros le hacían guardia.
No me reconocieron. No
importaba. Mi alma y yo acabábamos de
llegar a ese lugar o donde fuera que se hallara mi destino final. Habíamos cumplido. Salvo mi cuerpo, que no
había sido enterrado aún y no se había deshecho de sus impurezas.
Ahora que mi alma y
yo estábamos más allá de la muerte. ¿Qué
recompensa guardaba el Maestro Oculto para mí?
Temeroso,
retrocedí unos pasos y reparé, en la arena, las huellas de todos aquellos que
se acercaron antes que yo anticipando una comunión con el Maestro.
En
ese instante, oí el reproche articulado del Oculto ---: ¿A qué has venido,
Balduíno, rey de Jerusalén? Bien sabes que los muertos no me interesan.
Violeta Balián ©2018
[1] El reino armenio de Cilicia (también conocido
como Pequeña Armenia, Armenia Cilicia, Reino de Cilicia o Nueva Armenia) fue
creado en la Edad Media por refugiados armenios que huyeron de las invasiones
selyúcidas en Armenia.
[2] Turbessel, antigua ciudad en las cercanías de
Gaziantep, en la Turquía actual.
[3] Edesa o Urfa (Sanliurfa) en la Turquía actual.
[4] Melitene, antiguo nombre para la ciudad de
Malatya en la Turquía actual.
[5] Antigua Pelusio.