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jueves, 20 de agosto de 2015

DOS PERROS NEGROS, un relato de Violeta Balián







"Dos perros negros", ilustración de Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)


No recuerdo el sabor de los peces que pescamos del Nilo.  Después de comerlos, enfermé gravemente y una templada mañana de abril de 1118 entregué mi espíritu en el-Arish, un desolado sitio del Sinaí.  

Culminaron así mis malandanzas por el Medio Oriente, aquellas que comenzaran años antes, en Marash, al morir mi esposa Godehilda quien además, financiaba mi cruzada. Junto a su lecho de muerte y convencido de que mi destino era otro, resolví no regresar a Francia ni a la vida de clérigo que imponía mi familia. Procuré la ayuda de una flota de piratas de Boulogne, instalé mi propia guarnición y me uní a otros cruzados con quienes recorrí y ataqué tierras bizantinas con la intención de hacerme de algún territorio y convertirme en un príncipe oriental.

Pero no fue sino después de un tiempo y al azar, que advertí en mi entorno las presencias y los ojos fulgurantes de dos perros negros.  Tenaces, los canes me seguían por doquier transmitiéndome visiones de conquistas y riquezas.  Caí en la tentación y a cambio de glorias futuras, ejecuté las órdenes del Maestro Oscuro e ingresé en el laberinto de mis iniquidades.

En Edessa, a poco de hacerlo matar por una turba, usurpé el trono del príncipe Toros y seduje a su mujer.  Años más tarde murió mi hermano Godofredo, el rey de Jerusalén. Cuando heredé su trono, acusé a mi reina, Arda de Armenia de infidelidades con mahometanos, y la encerré en una torre por el resto de sus días. Y a lo largo y ancho de mis dominios recogí mancebos y sucumbí a los placeres de la carne. Traicioné a mis compañeros de armas y ajusticié a muchos.  Sin hijos para fundar una dinastía --según mi confesor, un castigo de Dios por haberme alejado de Él-- contraje un matrimonio político y establecí alianzas dudosas.  Sin embargo, ciego a todas mis culpas y excesos e imbuido de mi fama de "cruzado endemoniado" me propuse emprender la conquista de Egipto y recuperar mi posición ante Roma.  

Al frente de mi ejército cabalgué día y noche las arenas de la via Maris.  A mis flancos, los dos perros negros corrían como el viento y ladraban, furiosos al paso de la Dame Blanche, la hechicera vestida de blanco que irrumpía en mi camino riéndose a carcajadas, hablaba como una serpiente y levantando un niño entre sus manos me gritaba ‒‒: ¡Hete aquí, tu hijo, pecador!

Ya en Egipto, vencimos a nuestros enemigos, saqueamos Farama y acampamos a orillas del Nilo. Sin demora, envié un mensaje al Santo Padre para asegurarle que nuestros avances habían afianzado la defensa de la Tierra Santa.  No obtuve respuesta . Tampoco me distrajo la humillación.  Estaba claro. Roma no había sido ni sería mi aliada, y  mis proezas quedarían registradas únicamente en los anales de la historia de la Cruzada. No importaba. Casi al final del camino, reposaba en mí la certeza de que nadie, ni Roma ni mis allegados, conocían los secretos que guardaba mi alma, ni sospechaban cuán lejos estuve de mi propia leyenda.  La mayor parte de las victorias en el campo de batalla se debieron a la intervención del Maestro Oscuro y a lo pactado hacía mucho tiempo, allá, en Asia Menor. 

La noche que siguió a mi muerte, ya espectro pero asido de la brida de mi yegua Gaza´lla, observé desde un cerro y a la distancia los movimientos de mi gente. Centenares de antorchas iluminaban los preparativos para el regreso a Jerusalén, a donde llevarían mis restos para entregarlos a los oficios del Santo Sepulcro.  Oprimido por las sombras y el silencio que me rodeaba, caí en la cuenta de que la totalidad de mi existencia se tornaba irreal e insignificante. Aun así, permanecí en mi puesto, acompañando la marcha lenta de mis hombres hasta que uno tras otro desaparecían en la oscuridad del desierto.  Poco antes del alba, caballo y jinete dimos la vuelta y trepamos en línea recta llegando, así, frente a una cueva.   Dentro, unos escalones conducían ante la imagen de piedra de una diosa de mirada penetrante.  En su regazo, descansaba una cabeza humana y en lo alto, sobre su corona adornada de cráneos, zumbaba un enjambre de abejas. Sin reconocerme, mis dos perros negros le hacían guardia. Temeroso, retrocedí unos pasos y reparé en la arena donde junto a mis pies descalzos podían verse las huellas de aquellos que se acercaron antes que yo. Oí entonces la voz y el reproche articulado del Maestro Oscuro ‒‒: ¿A qué has venido Balduíno, rey de Jerusalén?  Bien sabes que los muertos no me interesan.


Violeta Balián  2015